
Mire usted, yo me llamo José Martín Requena. Y mi madre,¡que en Gloria esté!, me trajo a este mundo el día diecinueve de diciembre del año mil novecientos diecisiete. Mi madre se llamaba Josefa Requena Tobar y era ¡la pobre! como las olivicas de mi tierra: menudita y morena pero con un hueso tan duro como la piedra.
Yo tenía que haber nacido, Dios mediante, en la pedanía de Cordovilla, pero como mi padre era el aniaguero de la "Casa del Polope" -una finca que se perdía de vista propiedad de unos señores catalanes que vivían en la Corte-, a mi madre la sorprendieron los dolores del parto arrimando oliva. Y que, según me contaba luego, ya de mayor, mi padre, si no se dan prisa en llevarla al cortijo que hubiera nacido yo en mitad del campo como los mismicos animales.
Aquel día, quiero decirle a usted el de mi alumbramiento, se comio de lo lindo, que para eso tenía mi padre la llave de la despensa; "corrio" el aguardiente y se bailó hasta bien caída la tarde; mi padre se emborrachó y aquella noche se fue a dormir con la "tia del Brujón", una gitana fea y arrugada que vivía en las afueras de la aldea, cerca del Cementerio, y que, por unas pocas monedas, aliviaba los ardores de los hombres de mi tierra. Mi padre era, el hombre, de genio un tanto duro y tenía su aquel de arisco, pero también tenía un fondo bueno, más o menos como todos; me va a permitir usted que le ponga un ejemplo: doña Asunción, la ama de llaves de los señoritos del cortijo metía en sal todas las ovejuzas que se morían de puro viejas, y de esta carne rancia, dura, amarga como la propia hiel algunas veces, daba a mi padre para que hiciera la comida de los muleros; él, con las mismas, la enterraba en una esquina del corral, cogiendo luego magra fresca que ocultaba en el fondo de la olla y recomendándole a sus hombres que la comiesen antes de que apareciese la dueña ‑doña Asunción‑ por la cocina; con decirle a usted que les escondía chorizos y morcillas bajo las albardas de las bestias está todo dicho. Se llamaba mi padre Ramón Martín Morote, aunque tenía, como todos los hombres de mi pueblo un apodo por el cual era conocido, y era éste el de "El Caverrias"; apodo que, si va uno a decir verdad, nunca supe su significado ni su origen, ni nadie me lo supo nunca explicar pues, al igual que muchos de sus paisanos, el suyo,‑su apodo‑ lo había heredado de su padre, de tal manera y razón que a su padre también lo conocían por "El Caverrias"; y también ‑que yo sepa‑ a su abuelo, y así podíamos llegar al primer Martín de nuestra familia que se mereció el tal apodo; y podíamos llegar a la época de los moros. Había nacido en Yeste, y de edad de ocho años ya sabía encender como nadie un horno de carbón; su padre ‑mi abuelo‑ cortaba y cocía leña en los montes del Segura y lo mandaba a él por todas las aldeas cercanas para vender el carbón. En los primeros viajes le robaron varias veces el dinero de la venta pero cuando su padre le midió el lomo con un vergajo engrasado se espabiló de tal modo ‑¡lo que llega a instruir la necesidad!‑ que nunca más ‑asi me lo contaba‑ llegaron a quitarle el dinero; no se imagina usted donde guardaba, el muy pícaro las monedas que mercaba; yo se lo oí contar muchas veces entre las risotadas de la gente; pues ni más ni menos que se gobernó una caña bien gorda y como de medio palmo de larga y dentro de ella iba estibando las onzas y los pesos bien apretaícos metiendo luego el canuto, bien embadurnado de tocino crudo en el culo de la burra, ¡Virgen Santa!, ¡lo que espabila el hambre! ¿no cree usted?
Una mañana, según decía mi padre, aparecieron por el Pueblo unos guardias civiles montados a caballo, y echaron a todos los leñadores del monte; unos obreros traidos desde Albacete, escoltados por una pareja de guardias comenzaron a alambrar todas las propiedades del señorito mientras el Secretario del Ayuntamiento pregonaba desde el balcón consistorial las ordenanzas que prohibían el carboneo. Algunos leñadores ‑entre ellos mi abuelo‑ se hicieron fuertes en los riscos, armados de piedras y de palos; los civiles tomaron el monte a la bayoneta calada y, en una cordada, los llevaron a todos a Hellín. La procesion se formó a las cinco de la mañana, iban ensartados por las muñecas en una larga soga, rodeados de tricornios. El resto del vecindario, silencioso y con las caras serias los seguían detrás; conforme caminaban se iba engrosando el acompañamiento con los aldeanos que bajaban de los montes. Los guardias, cada vez más nerviosos, apretaban fuertemente la culata del fusil y azuzaban a sus presos que les dirigían hoscas miradas. Al llegar a la Venta de "El Murciano" hizo la comitiva un alto para comer; los presos pedían que les soltaran las manos, para descansar. El capitán, un oficial joven, de Academia apiadándose sin duda de la suerte de aquellos desdichados dio ordenes a uno de sus números para que fueran liberados de las esposas; pero el sargento, ‑un viejo barrigudo de mostacho engomado‑ al ver la maniobra dirigióse, dando grandes zancadas hacia el oficial y, cuadrándose ante él le murmuró algunas palabras al oido, e inmediatamente denegó el capitán el permiso que ya había concedido. Fuera de la Venta el vecindario murmuraba y protestaba bajo la mira de seis fusiles encarados hacia ellos; el bisoño oficial, temeroso, sin duda, de la inminente asonada que se le venía encima, ordenó encerrar a los presos bajo llave, en el corral de la Venta, y como estos se negaran, recibieron algunos de ellos, los más descarados, fuertes culatazos en la cara. El sargento, hombre avezado ya en la conducción de presos, llamó la atención a sus números para así evitar el amotinamiento de los convecinos; el aviso llegó tarde; una vieja que estaba en la primera fila, madre, sin duda, de uno de los golpeados lanzó una pedrada contra uno de los guardias tirándole el tricornio al suelo. Los seis fusiles apuntados hacia los paisanos avanzaron un paso hacia adelante y en ese mismo instante los campesinos, enfurecidos y dando fuertes alaridos, se echaron encima de las bayonetas desnudas; sonó entonces el primer disparo que hirio a una mujer en el vientre y al que siguieron varias detonaciones más, al tiempo que desde el interior de la Venta el resto de la escolta efectuaba más disparos para proteger a sus compañeros. Los campesinos, gritando y llorando se desperdigaron rapidamente por los montes cercanos, algunos niños lloraban desesperadamente agarrados a la falda de sus madres. Cuando cesó el tiroteo cuatro hombres y una mujer yacían en el suelo heridos de muerte; un poco más alejado de ellos se encontraba otro cadaver: el del número que había efectuado el primer disparo; con la cabeza destrozada y los ojos abiertos sostenía en su mano el fusil aun caliente.
A mi abuelo ‑¿sabe usted?‑ lo deportaron al Presidio de Ceuta donde murió tres años después, de la tuberculosis. Mi padre, que cuando esto que le cuento tenía ya quince años dejó la Sierra y se vino al Llano acompañado de su madre y dos hermanos menores que él. Con una carta de recomendación que traía firmada por el párroco de Yeste pudo entrar a trabajar, de mulero, en la finca de "El Polope" de la que ya he hablado a usted. A los cuatro años de estar en el Llano, su madre murió de unas fiebres tercianas, mi padre le guardó luto durante un año, y luego se casó.
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La partera que me ayudó a mí a venir al mundo y a mi madre a que no lo dejara se llamaba "La Jesusa". Era, La Jesusa, una mujer grande y fuerte como un roble; y cuando una gorrina estaba para parir también la avisaban a ella, de manera que a la gorrina parturienta le hablaba y le discutía como si fuese una mocita y a la mujer, a las veces, le gritaba y empujaba como si de una gorrina se tratase, pero, ¡gracias a Dios!, no había tenido nunca un mal parto. A ella, en cambio ‑¡la pobrecita!‑ no le vinieron tan bien las cosas en su ya lejana juventud; el primero que le nació, cuando se puso en eso de ser madre se le quemó a la edad de dos años jugando dentro del horno del pan; y el segundo se le malogró en el vientre quedándose ella para lo resto de sus días tan estéril como una higuera arrancada. Cuando La Jesusa se retiraba de la casa de la parturienta ‑gorrina o mujer‑ los reunidos, entre sorbos de aguardiente y bocados de torrija comentaban las circunstancias en que enviudó: a su marido "El Antíoco" ‑decían‑ le tiraba el vino, y por más palizas que, en vida, le arrimó La Jesusa no pudo quitarle ni tanto así de la maldita afición. Una noche, el Antíoco fue a regar la alfalfa y para abrigarse del relente se llevó, como siempre hacía, una garrafita de Jumilla; por la mañana unos lugareños encontraron su gorra en la acequia y ascendiendo su curso dieron con su cuerpo, ya difunto, que tenía la cabeza, hasta medio cuerpo, hundida en el agua. La Jesusa, después de amortajar a su muerto con agua de colonia y ramitos de tomillo, estuvo dos dias encerrada en su cuarto llorando al difunto, y no volvió a echar, nunca más, una lágrima. A partir de entonces tomó también el encargo de amortajarnos a sus paisanos cuando dejábamos este mundo en cuya ocupación llegó a tomar tanta maestría y habilidad como en la de partera; siendo así que cuando algún cordovillero "venía" o se "iba" allí estaba puntual La Jesusa para recibirte o despedirte según fuera el caso. Y...para que vea usted lo que son las cosas, ella se murió sola, ¡la pobrecica!; recuérdeme un día de estos que le cuente como se "despidió" La Jesusa.
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Mi padre, si no recuerdo mal, compró la casa el mismo año que don Balbín abrió la Yutera; entre lo que recogió del esparto y dos gorrinos que se vendieron juntó los dieciseis duros que le pedía la Señorita por una casa que tenía junto a la almazara. La tal Señorita pasaba ya del medio siglo cuando don Balbín abrió la Yutera, y el tal apodo o tratamiento, para mí tengo que le venía de haber dormido ni más ni menos que sola todos los días de su vida desde que la pariera su santa madre. Era hija única de un boticario de Valencia que llegó al Pueblo el año en que una gran Peste asoló nuestras tierras, que por ésto las malas querencias lo bautizaron, al boticario, con el apodo de "El Veneno". Doña Benita, que este era el nombre cristiano de la Señorita, de moza se carteaba con un subteniente de Sanidad destinado en Cuenca y que un buen día, aburrido ya de firmar imaginarias y de discutir con asistentes gallegos, marchó para Marruecos dispuesto a ganarse en las trincheras las estrellas de oficial que el escalafón insistentemente le negaba, regresando a los pocos meses con el cuerpo frio y una cruz de plata prendida de la guerrera. La Señorita, después de llorarle colgó la condecoración junto al retrato de su malogrado novio, (que lucía traje de gala, con sus churritos en la bocamanga) y se puso a dirigir la finca paterna. No le faltaron pretendientes a la Señorita; cuando más arreciaron fue el mismo año que el boticario entregó su alma a Dios ‑o al Diablo ¡vaya usted a saber!; al Veneno se lo llevó una rambla de agua junto con su yegua árabe una noche que regresaba de Isso adonde había ido de madrugada para apalabrar una cuadrilla de esparteros.
Pues ya le digo a usted, no le faltaron novios a doña Benita para desposar. El mismo día, sin ir más lejos, que enterraron a su padre ‑y con la excusa de darle el pésame, y para mí que acudiendo al olor de los duros del boticario‑ se le arrimó un teniente de carabineros destinado en el penal de Chinchilla, hijo de un antiguo conocimiento del boticario desde la época de Valencia. Más tarde probó suerte don Avelino, el Secretario del Juzgado, que a la sazón se encontraba en lista para ocupar la Secretaría del de Toledo. A todos ellos recibía sentada en la sala del comedor, escoltada por el retrato del subteniente al que, y a juzgar por la cara que ponía, ningún pretendiente le parecía lo suficientemente digno para sustituir a su persona. La Señorita, haciendo causa común con su difunto oficial, a todos los pretendientes daba largas y con ninguno se comprometía de firme; con todo ello el que más había durado en el corazón de la "viuda" fue un joven trompetista natural de Huesca que llegó al Pueblo con una banda de música y estuvo una semana tocando pasodobles y tangos en el Casino Central durante las fiestas de la Encarnación. Se llamaba Fermín y se pintaba solo para bailar los valses; cardenales así de gordo, oiga usted, le dejó a doña Benita en el trasero como recuerdo, según oi contar, siendo ya mocito, en los mentideros de la aldea. Fermín tenía el talle delgadito y pinturero; más de una moza se quedó suspirando tras los cristales de la ventana el día que se marchó del Pueblo el trompetista Fermín; y más de un mozo ‑también‑ recobró nuevamente la tranquilidad y los favores de su novia, que todo hay que decirlo...
Doña Benita murio soltera y virgen. Por expresa voluntad de su dueña, la crucecita laureada, de plata, pasó al manto de la Virgen de la Antígua de cuyo sagrado lugar desapareció durante las primeras revueltas que asolaron al Pueblo en el verano del treinta y seis.Yo no sabría decirle a usted, a ciencia cierta, si la Señorita tuvo o no tuvo esos amoríos pues, cuando yo contaba ocho años de edad, doña Benita era ya una anciana de pelo blanco, y casi ciega, que se pasaba las tardes, y hasta no pocas noches, rezando rosarios por todos los muertos de la aldea; sí que tuve ocasión de ver, algunas tardes que acompañaba a mi madre al viejo caserón del boticario, el retrato de un joven militar que me miraba insolentemente desde su amarillenta fotografía; bajo su adusta mirada, la vieja solterona desgranaba rosarios rumiando preces con su boca desdentada; también recuerdo que en la solapa del oscuro uniforme lucía, el joven militar, la cruz blanca del Cuerpo de Sanidad. Algunas tardes, la Señorita, me invitaba, con un vago ademán a pasar al interior de su oratorio y me regalaba caramelos de menta cuyas envolturas guardé yo, hasta bien mozo, en una caja de puros.
Otras veces, mientras apacentaba las cabras de mi padre en los riscos próximos al Cementerio, muy cerca del Cerro que decian entonces "del Reloj", yo la veía descender, a doña Benita, con pasos torpes desde una hermosa tartana pintada de azul y dirigirse cogida del brazo del sepulturero, casi tan viejo como ella, a la tumba del descansado de su padre. La tartana azul, pasados los años, terminaría como gallinero en el corral de nuestra casa; ya no debe de existir.
La noche en que La Jesusa vino aporreando la puerta de nuestra casa la aldea entera encendía mariposas y mascullaba oraciones para tratar de dulcificar la agonía de la Señorita. La puerta del corral estuvo toda la noche dando recios golpes, y las cabras, barruntando, sin duda, a la propia Muerte se lamentaban con tristes balidos. Mi madre después de tomar del baúl un crucifijo y un tarro de colonia abandonó nuestra casa en compañía de la partera.Cuando atrancaron la puerta, la campana de la Encarnación tocaba "a muerto", y los lamentos de su bronce viejo y picado iban a morir mismo a los pies del Castillo.
Después de darle tierra a la difunta hubo muchas habladurías en la aldea y sus contornos por ciertas tierras de buen labrantío, y con una vena gorda de agua, que la Señorita, en su testamento, había dejado al Convento de los Franciscanos, los cuales al tomar posesión de la finca despidieron a los antiguos jornaleros empleados por el boticario. El resto de las propiedades pasó a manos de un sobrino del boticario que, después de venderlas, se marchó con el dinero.El molino de aceite fue adquirido, a buen precio, por el señor don Balbín que, para celebrarlo, pagó al párroco de la Ermita de la Encarnación tres misas por el alma de la antigua dueña y subio los derechos de molienda; mucho tiempo se habló, en la taberna de La Roja del nuevo molinero y de sus malas entrañas; se dieron algunos golpes de más sobre sus mesas y la posadera vendió algunas arrobas más de "jumilla", y de ahí no pasó la cosa; los despedidos de la finca pidieron trabajo en la Yutera, unos lo consiguieron y otros no, y estos últimos marcharon a Pueblo Grande para trabajar en la fábrica de alpargatas.
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El año que se cumplía el primer aniversario de la muerte de la Señorita cayó un pedrisco que dejó todo el campo desmadejado y maltrecho; era por Mayo, y en casa preparábamos ya ropas y apaños para pasar el verano en "El Polope". Mi padre, que tenía un dedo, aquí, en semejante sea la parte, tieso como un palo y muerto de una cangrena que le raspó, siendo pequeño, el veterinario, con un cuchillo, se levantó aquella mañana diciendo que el dedo le barruntaba mal tiempo. Todos los habitantes de la aldea íbamos esa mañana al Convento de los Franciscanos donde se cantaba una Misa, con muchos curas cubiertos de gala, por el eterno descanso del alma de doña Benita; acudíamos todos los aldeanos movidos por la piedad que nos inspiraba la difunta así como -y que Dios nos perdone a todos- también por el reparto de rosquillas que tenía lugar después de la ceremonia. Los hombres caminaban para la Iglesia y miraban con preocupación a las montañas de la parte de Valencia; unas nubes gordas y negras cabalgaban, rápidas, por encima del Castillo; los más viejos del lugar decían que eran nubes ruideras y que escuchaban -mire lo que le digo- el mismico pedrisco gruñir dentro de ellas, y que aquella negror -insistían- no podía traernos nada bueno. Hacia, apenas, dos semanas que se había bajado al Cristo de la Antígua desde la Ermita de la Encarnación y se le habían hecho las rogativas necesarias para que el Cielo nos mandara las últimas aguas que la tierra pide para pintar el albaricoque y el melocotón. Faltaban no más de cuatro o cinco dias para que se subiera al Cristo hasta su Ermita, con calzones nuevos -así somos en mi Pueblo- si nos daba el agua, y con los viejos y sucios si nos la negaba; es menester ver que, así y todo, cuando el Cielo nos manda la piedra ya podemos ponerle toda la santería de cara que parece que dice: "ahí va eso y con tu pan te lo comas". La tejada del altar mayor de San Roque, donde se encontraba la imagen del Cristo de las Aguas, como tambien algunos llamaban al de la Antígua, se vino abajo de tantísima piedra como le cayó encima y hubo que meter al Cristo y al San Roque, juntos, en el rincón más apartado de la sacristía.
Estaba Fray Justino, nuestro abad, hablándonos desde el púlpito cosas muy bien dichas sobre la Señorita haciendo llorar a las mujeres y enrojecer a los hombres cuando se escucharon las primeras piedras sobre la techumbre de la Iglesia. Los rojos y los azules de las vidrieras reflejados en el piso fueron apagándose poco a poco, y en un instante quedó toda la nave sumida en una suave penumbra; cobraron vida, con la oscuridad, las velas encendidas que espejeaban su pábilo en el barniz brillante de las imágenes en los altarcillos laterales. Los monaguillos, que hasta ese momento habían permanecido sentados delante del altar mayor, se levantaron los dos sigilosamente y, marchando por los cruceros laterales, pegados a la pared, se asomaron a la puerta del templo. Mi abuela Rosario, la Sorda, con la boca abierta de par en par como una tortuga agonizante interpretaba -a su manera- los gestos del predicador; sus oidos, muertos desde la infancia a consecuencia de unas fiebres, permanecían indiferentes al estruendo de la pedrisca que caía sobre nuestras cabezas. Cuando ya el fragor de la tormenta era tal que impedía oir la voz del franciscano, éste, con una genuflexión rápida dirigida hacia el Sagrario cortó la homilia y abandonó, con pasos silenciosos su escaño, dirigiéndose hacia la salida de la capilla.Pronto estuvimos todos contemplando la granizada desde la puerta de la iglesia. Las cabecitas largas, rubias, empenachadas del maizal caían al suelo abatidas por la fria balacera; algunos, tronchada su caña, se inclinaban hacia el compañero de fila, y pronto, muy pronto, todo el verde campo de maiz quedó tumbado y machacado. Los hombres, con la mirada fija en el fondo del triste paisaje, callaban; los niños nos arriesgábamos hasta el umbral y tomábamos los turbios proyectiles que fundíamos en nuestras manos; y algunas mujeres desgranaban entre sus dedos las cuentecillas oscuras de un rosario. Detrás del grupo se oían, rítmicas, -como un lamento casi- las letanías que solicitaban la intervención, en el terrible suceso, de Santa Bárbara.
Uno de los monaguillos que avistó a la partera entre los restos del naufragio comenzó a dar fuertes gritos invocando su nombre; por el sendero que separaba el maizal del plantío de albaricoques apareció la negra silueta enlutada de la Jesusa; traía la cabeza cubierta con un cubo, y con sus piernas fuertes, machudas, caminaba ligera doblado el cuerpo por los recios golpes que estaba recibiendo en su espalda. Cuando llegó al refugio del templo la tormenta estaba ya casi amainando; descubrióse de su yelmo; un fuerte olor a estiercol se desprendía de todo su cuerpo; en sus cabellos blancos y espartizos quedaron prendidos algunos restos de alfalfa triturada que las mujeres se apresuraban a limpiarle; la partera, quejándose de su espalda magullada contaba como de buena madrugada, con la luna aun encima del Castillo marchó para la finca de El Viso donde tenía apalabrada con su dueño la capa de tres gorrinos de engorde; y como al regreso cerca ya de la aldea le había pillado la pedrisca.
Al cesar la lluvia de piedras se levantó un baho caliente de la tierra, y todo olía a barro, a campo mojado; hasta nosotros llegaba, ahora, un airecillo cálido impregnado de un fuerte olor a savia verde, a yerba cortada. Por encima del Castillo el sol comenzaba ya a desgarrar las nubes. Un pálido resplandor amarillento hería los vidrios de las cristaleras y sus mosaicos de color tornaban a dibujarse debilmente sobre el piso de la capilla. Fray Justino llamó a sus monaguillos y se dirigió con ellos hacia la Sacristía. Después marchamos todos al refectorio del convento donde ya estaba dispuesta la vianda. Una mesa grande, larga, recia, cubierta de blancos manteles sostenía sobre ella el peso de cuatro enormes fuentes de barro repletas de rosquillas que sudaban miel, cubiertas por una breve gasa contra la que peleaban como unas tres docenas de moscas oscuras y gordas. Había también, sobre la mesa, algunas garrafas de vino y otras de aguardiente. Las mujeres, con sonrisas tímidas, y azoradas todas ellas tomaron asiento sobre los bancos; los hombres permanecían de pie agrupados en un rincón de la sala; apretujaban, nerviosos, las boinas entre sus manos callosas y grandes; uno de ellos ofrecía, abierta, su petaca de tabaco y comenzaban entonces unos entrecortados amagos de conversación que -necesariamente ese dia- había de versar sobre la reciente desgracia caída sobre la cosecha. San Francisco de Asís, escoltado por un lobo que miraba al santo con ojos alelados y unos pajarillos que picoteaban los bordes de su hábito, nos miraba a todos desde un enorme cuadro colgado en la pared; junto a él, en otro cuadro de igual tamaño estaba representada la Señorita, pechugona, seria y de moño alto; un festón negro orlaba el marco de la fotografia. Se bebió y se comió a la memoria de la Señorita, y los hombres, entre chupadas de cigarro y callados sorbos de aguardiente, apalabraron cuadrillas para cosechar, al dia siguiente, lo que se hubiera salvado de la tormenta.
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Mi tierra es una tierra maldita, ¡si señor!; cuando el trigo, jovencito y tierno pide una miaja de agua para pegar su estironcico el Cielo se la niega y el trigo se agosta en el campo y muere. Cuando se acerca el tiempo de la cosecha y solicita un poco de calor para sazonar el grano que brilla al sol con reflejos de oro, el Cielo, sin un asomo siquiera de piedad, le escupe piedras y, entonces, se malogra. Asi que, ya que todo depende a lo que se ve, de allá arriba, no se extrañe usted de que mis paisanos se pasen la mitad del año peleando con la tierra y la otra mitad haciendo las paces con el Cielo paseando, para ello, sus descoloridos santos por aldeas y por campos. Por septiembre,-¡un poner!- antes de enterrar la simiente, se saca al San Roque de su cuchitril y se le hace correr sus buenas quince leguas mal contadas -¡a veces hasta...más!- por todos los predios del contorno; cuando el grano está ya abrigadito en la tierra, todas las mujeres del pueblo, capitaneadas por el cura párroco, cantan las novenas de la Antigua y de la Encarnación; y antes de llegar el mes de marzo, en que empiezan las Rogativas al Cristo de la Antigua aun se pegará San Roque sus buenos tres paseos por los campos que ya empiezan por entonces a querer pintarse de verde; todo esto sin contar las Festividades solemnes del Calendario en las que se pide al santo de turno -por interseción del cura- que no nos deje de su mano y que eche una miradita por nuestras tierras.
Nuestra casa era pequeña y se caía ya de puro vieja cuando yo comencé a gatear por sus rincones. En ella compartíamos cama y comida (y doy fe de que no había más cosas que compartir) mis padres, mi hermanico Antonio y mi abuela Rosario "La Sorda" la cual estaba, como su hija, mi madre, seca y menudita, y en la vejez le entraban unos frios -sobre todo por las noches- de los que no cesaba de lamentarse, dirigiendo sus quejas mayormente a la Virgen y a los Santos. Yo dormía siempre con ella para arrimarle un poco de calor, exceptuando los días en que mi padre pasaba la noche en la finca de "El Polope" en las que mi abuela y mi madre dormían juntas. Las noches en que yo dormía con la abuela tocaba, cuando ella estaba ya completamente dormida, su cuerpo huesoso, esquelético; su cabello pajizo y tieso me recordaban a la mismisima imagen del Cristo de la Antigua; uno de sus ojos lo mantenia completamente abierto, y a mí me daba espelunco mirárselo. Muchas noches, ya de mayor, he soñado con esa mirada vidriosa y fría...Y, por cierto, ahora que estoy con lo de mi abuela Rosario me viene a las mientes que a la pobrecica tuvimos que ponerle un esparadrapo en su ojo tieso el día que se murio pues causaba espanto entre los acompañantes al velorio ver su cadaver flaco y amarillento hundido en el fondo del ataúd que miraba al techo -o parecia que miraba- con aquel ojillo gris y sucio, como de pez muerto.
La casa tenía los techos bajos, con vigas gordas de roble enlechadas de cal. El dormitorio, en el que compartia junto con mi abuela una cama grande de hierros dorados, era pequeñito y tenía un ventanuco que daba al corral; de este ventanuco pendía, de una cuerda de esparto, un espejuelo turbio, roto, y medio huérfano ya de azogue ante el cual mi abuela peinaba, todas las mañanas, su larga cabellera blanca. En la cabecera de la cama había una diminuta pila -llena siempre de agua bendecida-adornada con un ramito de tomillo seco, y encima de ella -de la pila- un enorme cuadro que representaba al Cristo de la Antigua con colores chillones y desarmónicos recortado de una caja de roscos que se fabricaban por entonces en Pueblo Grande. Debajo de la cama se encontraba una enorme, destartalada y desportillada bacinica que la Señorita regaló a mi abuela para que, segun le dijo, no tuviera que salir al corral, por las noches, para hacer sus necesidades. Habia noches en las que, (y debido sin duda al desajuste de sus tripas propio de la vejez) no tenía más remedio que hacer en la bacinica sus necesidades mayores y esa noche no podía dormir yo debido al fuerte olor que despedian, desde el fondo de la cama, los excrementos de la pobre vieja; ¡válgame Dios! y que era una mujer limpia con su cuerpo, bien sé yo que le apenaba tanto así estos extremos a los que su desordenado cuerpo le obligaba a recurrir, y que aun ponia toda su fuerza de voluntad para no "hacérselo" mismamente entre las sábanas, cosa que, Gracias a Dios, no llegó a ocurrir nunca. Las noches en que yo, ya no podia soportar el hedor me incorporaba de la cama cuando la abuela se hallaba otra vez completamente dormida y me dirigía entonces con pasos sigilosos hasta el dormitorio de mis padres; de pie, junto a los pies de la cama rebullia con una mano el cuerpo de mi madre: -¡Madre! ¡madre! -susurraba temeroso de despertar a la anciana- levántese usted, mire que la abuela ha hecho sus tripas en la bacinica.
Mi madre se levantaba entonces y me mandaba acostar mientras ella marchaba al corral llevándose la bacinica; luego, y antes de volverse a su dormitorio, metía debajo de mi almohada un manojo verde de romero, el cual me ponía yo directamente en las narices para poder conciliar el sueño; la abuela -cosa que me daba verdadero panico- parecia espiarme con su ojo abierto.
El último año que paso la abuela en este mundo no podía ya abandonar la cama para nada pues estaba completamente herniada, entonces fue cuando mis padres me prepararon un jergón para dormir en la cámara; y dormia yo junto con las conservas, entre orzas de aceite y aperos de labranza; en las noches de insomnio me distraía cazando ratas -con un lazo, cosa en la que llegué a adquirir notable habilidad- con las que engordamos más de uno y más de dos gorrinos. Al final de su enfermedad -y siguiendo con lo de mi abuela- la pobre mujer "hacia" sus tripas directamente en la cama sobre un serón de esparto que mi madre introducía, con no poca dificultad, entre sus piernas llagadas. Meses antes de su fallecimiento se le salió varias veces la hernia y hubo que llamar a la "Enumi", la mujer de un espartero de Isso que se pintaba sola para encajar tripas. Se colocaba "La Enumi" -ya le digo a usted- a los pies de la cama y echábase las piernas de la abuela sobre sus hombros; estando en esta incómoda postura, salpicaba el dormitorio con tres o cuatro letanias dirigidas a los santos del lugar y, a continuación, metía sus fuertes y nervudas manos bajo el culo de la enferma y la izaba de un tirón con un Avemaría prendido de su boca, colocando de esta manera las tripas en su sitio que se encajaban con un rumor sordo de "piedralagua". La última vez que le acaeció a la abuela el salírsele las tripas del lugar en el que Dios se las había dispuesto me mandaron a mí para buscar a la curandera que vivía por entonces en "El Salitre" una llanura de tierra blanca y dura poblada de espesos cañaverales; hacía una noche fria y blanca; la luna, gorda y redonda, dibujaba, nítidos, los penachos del maiz sobre el sendero estrecho; los aullidos de los perros, allá en los últimos caserios del Valle, llegaban, débiles, hasta mí. Al cruzar el olivar de "El Viso" veía fulgurar las blancas cruces de cal, pintadas sobre los retorcidos y oscuros troncos de los olivos. Al llegar a casa de la curandera se me acercaron "El Quemao" y "La Azafrana", los dos galgos del espartero que me lamían las piernas y aullaban contentos, reconociéndome.
-¿Quien va? -gritaba la curandera desde el interior de la casa.
-Soy José el de "El Caverrias"; que a la abuela Rosario se le han salido las tripas, y que dice mi madre que venga usted ahora y se las apañe en su lugar, que luego le dará ella, a cambio, una gallina y una liebre frescas.
El camino de regreso lo hicimos por un atajo que atraviesa el Cañaveral de los Frailes, acompañados siempre por los dos galgos que perseguían alimañas entrando y saliendo del espeso maizal; en casa, cuando llegamos, permanecían todos levantados; mi madre atendía a la enferma y mi padre asaba unas morcillas sentado junto a la lumbre, tenía a mi hermano entre sus piernas el cual mordisqueaba un trozo de pan untado con tocino. "La Enumi" entró como en ella era costumbre entonando un Avemaría y haciendo la señal de la Cruz; como yo iba pegado a ella con la única intención de entrar en el cuarto de la enferma, ella me cerró la cortina en mi cara diciendo que aquello era cosa de mujeres y que mientras mi madre y ella trataban de curarla que yo me arrimara al fuego. La abuela se lamentaba con gruñidos roncos y lastimeros -como de gorrino en matanza- y la curandera le regañaba como si la pobre pudiera, verdaderamente, oirla.
-¡Señá Rosario! déjese usted ya de ziquizaques y de zarambollas. Mire que esto no va a ser peor que una paridera, y usted, gracias a Dios, trajo ya seis gazapos a este mundo; y estése quieta ya con el faldón, ¡noramala! que aquí, las presentes, tenemos todas lo mismo entre las piernas.
Después de estar un buen rato, las dos mujeres, peleándose con las tripas de la abuela, consiguieron colocárselas en su lugar; mientras la Enumi la fajaba con tela blanca y cuerda de esparto la abuela la miraba agradecida besando una estampa de la Virgen. Mi padre despidió a la Enumi con la gallina prometida y una liebre que había cazado aquella misma mañana pero la curandera se negó a tomar los dos animales y dijo que con la liebre ya se consideraba suficientemente pagada, y que la gallina la guardásemos para otra ocasión, que solo Dios sabía -dijo- si tendría que regresar otra vez al cuarto de la Sorda que asi era como la conocían en la aldea y asi era como la llamaban. Y esta fue la última vez que tuvimos necesidad de acudir a la "encajatripas" como mi padre gustaba de llamarla, pues al poco tiempo la abuela Rosario entregó su alma a Dios y su cuerpo al sepulturero. Se llegó a escocer tanto, en sus partes, la abuela, de no salir de la cama, que era al final de sus días una pura llaga en carne viva; mi madre la embadurnaba bien con manteca de cerdo para así aliviarla de sus heridas. Durante su agonía toda la habitación olia a tocino crudo y la Jesusa, que estuvo junto a su cama desde que se puso en morir, le colocaba algodones perfumados en la nariz para que la pobre vieja no maldijera la hora de su muerte; la abuela, por esto, sonreía agradecida a la Jesusa. Al cura le costó Dios y ayuda confesarla porque la anciana no oía nada, y malamente pronunciaba unos pocos gruñidos que el párroco, ansioso sin duda de ganar aquella alma para las huestes celestiales, interpretó como una postrera oración de arrepentimiento. Después de ungir a la difunta con los aceites bendecidos que trajera desde el altar mayor de San Roque, y de dar consuelo espiritual a mi madre, se marchó acompañado de sus monaguillos.
* * *
Detrás de la casa tenÍamos un pequeño corral descubierto, con sus muros de argamasa ya semiderruídos por cuyas troneras se escapaban, cada vez que podían, que eran las más de las veces, las tres o cuatro cabras con que nos abastecíamos de leche y queso; otros tantos gorrinos hozaban en un cuartucho bajo y cerrado con una puerta medio podrida de los que la mitad vendíamos cuando estaban en sazón y los otros los matábamos por la Pascua. Las gallinas y los pollos andaban sueltos por el corral y estaban siempre fuera de casa picoteando orugas entre unos cañaverales que crecían próximos al corral, adonde regresaban cuando se ponía el sol salvando la murallita con un vuelecillo de avión, torpe. Y un rincón apartado del muro era el lugar adonde acudíamos para aliviar nuestras tripas. Bajo la ventana del dormitorio que yo compartía con la abuela, en vida de ella, tenía mi madre una tinaja que estaba siempre llena de agua y un caldero desconchado, de barro, en el que fregaba los pocos enseres de la cocina. Mi padre, como aniaguero de El Polope, tenía derecho a una parte de la leña que se recogía en la poda.En el corral se apilaban las rajas de olivera y los troncos de los albaricoqueros jóvenes que la helada había matado. Con esta leña nos calentábamos en invierno, y con ella cocinaba mi madre en una pequeña chimenea que por lo sucio no respiraba bien y teníamos siempre llena de humos. Después de cenar nos sentábamos todos alrededor del fuego; mi padre trenzaba esparto para hacer cuerdas y serones para las mulas, y mi madre -cuando había- espurgaba las flores de azafrán que cultivábamos en un pequeño terreno con quince o veinte oliveras que poseíamos en las afueras de la aldea.
Mi padre era, el hombre, -ya se lo tengo dicho a usted- de caracter bastante serio, y ademas, poco hablador; tenia la mano corta, quiero decirle a usted que nos pegaba poco a mí y -ya de mayorcito- a mi hermano Antonio, pero cuando lo hacía -lo de pegarnos- era con mano dura y recia. El vino lo bebía en casa, y tan solo acudia a la taberna de la Roja para comprar tabaco con el que, por las noches, se liaba unos vegueros gordos y apretados que iba apilando en una petaca de piel de becerra heredada de su padre, antes de marchar este al presidio de Ceuta. No sabía leer, ni tampoco escribir y para llevar la cuenta de los jornales trabajados por sus muleros se servía de unos signos inventados por él mismo, signos que garabateaba en una libretita grasienta que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta. En la finca gozaba de la plena confianza de los señoritos y también de la del capataz porque hablaba poco y trabajaba mucho, aunque esto último no dejara de acarrearle las ojerizas de algunos muleros que decían -sin razón- que miraba mucho por los intereses del amo. Y cuando esto decían de buen seguro que no se acordaban ya de las magras y los chorizos que mi padre les ocultaba bajo las albardas de sus mulas. Cuando la ocasión lo requeria y apuraba a los muleros, en la sementera o en la trilla para que terminasen pronto la faena, alguno de ellos respondía:
-¡Caverrias!, ¡Piijo! lo que no se haga hoy ya se hará mañana, que a fin de cuentas estas tierras no son nuestras, y ya sabes...¡lo "comío" por lo "servío"..!
Y el mulero que así protestaba echaba después un escupitajo atravesado y se iba por el labrantío adelante blasfemando contra Dios y fustigando a las mulas con mala sangre, con muy mala sangre.
El capataz, apodado el Gancho por la maña que se daba para meter el dedo en la balanza y engañar así en el peso, como buen hijo de molinero que era, le decía algunas veces a mi padre, cuando echaba a faltar carne de la despensa.
-Mira Ramón, yo te tengo ley porque me consta que eres un hombre cabal y entero, ¡vamos! que miras de frente y estás bragao. A mí ¿sabes?, me paga el amo para que mire por sus cosas. Contigo gracias a Dios no he tenido nunca una palabra más alta que otra y quiera Dios que siga así por muchos años pero...la despensa es del amo y tú tienes también llave de ella, así que ya sabes, ¡a lo dicho! no mires tanto por tus muleros que mal te lo agradecen, además que al ama le ha dado ahora por mirar todas las noches en la despensa. Mi padre le agradecía el aviso y hablaba con los muleros a los que conformaba; estaba un tiempo sin pasarles nada y cuando la tormenta había pasado -o él creía que había pasado- volvía a tomar comida.Transcurrido algún tiempo llegó el asunto a oídos de los señoritos que optaron -y bien sabían ellos lo que les interesaba- optaron por hacerse los desentendidos.
Cuando aun vivía la abuela y se podía levantar de la cama también se sentaba ella, con nosotros, junto al hogar en una silla de patas cortadas y se quedaba mirando al fuego como alelada. Por no poder tener quedas las manos, de los nervios, me obligaba a sentarme en el suelo, entre sus rodillas, y acercándome la cabeza al fuego, con grande peligro de mi persona, me quitaba los piojos y las liendres de los que había gran abundancia en mi cabeza así como -sin querer menospreciar a nadie- en las de todos mis paisanos; mi madre, en cambio, me los mataba con refriegas de petróleo cuando me bañaba el sábado por la noche, y era tanto el ardor que sentía en el pellejo de mis cascos que, al no poder dormir del escozor sacaba la cabeza por el ventanuco para que me la refrescara el helor de la noche.
Mi hermano Antonio nació en vida de doña Benita que me acuerdo de ello porque la Señorita, que por entonces ya veía poco y no salía de casa regaló a mi madre, para el niño, una caja de polvos de talco; la Jesusa después de lavar al crio junto a la lumbre y de meterle en la boca un pellizco de sal lo llevó a la casona para que ella lo viese.
Mi padre pagó a la Jesusa, por el parto, dos pesetas y se las entregó junto con la "Americana" una pollita joven que corria por el corral y era hija de la "Negrita" una de las más ponedoras. Por la tarde vinieron a la casa los muleros de "El Polope" que estuvieron bebiendo aguardiente y fumando hasta bien entrada la noche; cuando se despidieron fueron pasando por el dormitorio y, después de rozar con sus barbas la carita del niño, pidieron al Cristo de la Antigua venturas para él y para mi madre. Mi padre, al día siguiente y para celebrarlo se puso ropa limpia y fue a hacerle una visita a la "tia del Brujón". Y mi madre, a los tres días del parto se levantó de la cama, y a la semana ya salía al campo a trabajar.El niño lo dejaba en la cama con la abuela Rosario; entre los dos se daban calor, pues la chimenea -¿sabe usted?- solo se encendía cuando estábamos todos en casa, y esto ocurría cuando ya había oscurecido y mi padre regresaba del campo con el sol escondido detrás del Castillo.
Al medio año escaso de haber parido, a mi madre se le cortó la leche quedándole las tetas secas y arrugadas; el Antoñico, nada más que por eso se pasaba todo el dia llorando y con la boca completamente abierta como un gatico chico. Mi madre estuvo un tiempo poniéndolo al pecho pero como la criatura no encontraba nada, y se irritaba más, mordiendo y rosigando con sus encias desnudas los pezones, ella se echaba a todos los diablos y, con fuertes protestas, metía de nuevo sus ubres completamente secas entre la estameña de su vestido. La abuela cuando esto observaba le pedía por señas el niño y, desabrochándose los primeros botones de su vestido le introducía su pezón negro y también seco en la boca y con uno de sus dedos lo iba impregnando en leche de cabra remedio que no contaba con la aprobación de mi padre. Fue tanto lo que llegaron a encariñarse la vieja y el chiquillo que cuando mi madre los separaba, él gritaba como un descosido y mi abuela emitía roncos sonidos guturales de protesta, y hasta algún lagrimón gordo -mire lo que le digo- se le adiamantaba en los ojos con el fulgor de la lumbre; aguantándose la hernia con sus manos se iba, dando resoplidos, para el dormitorio. Las noches en que esto ocurría la abuela hacia sus tripas en la cama, no con mala conciencia, ¡no señor!, sino por mor de las pesadillas que ¡a saber usted! le rondaban por la cabeza. Mientras fregaba los excrementos de la sordomuda, yo la oía protestar a mi madre, desde mi jergón en la camara, maldiciendo la hora en que había quedado preñada.La pobre abuela sintiéndose sin duda humillada en lo más hondo de su verguenza quejábase con sordos gemidos. Es el caso que mi madre perdio, a pesar de estar aun en buena sazón para ello, las ganas de hombre, y si mi padre se le arrimaba por las noches ella se apartaba temiéndole mas que a la propia peste. Todas las noches se acostaba la última, haciendo tiempo hasta que mi padre se encontraba completamente dormido. Fue por entonces, y debido al ariscamiento de ella, que mi padre comenzó a visitar, al igual que mis paisanos, a la tía del Brujón. Los sábados, al regresar del campo, y después de lavarse, tomaba de la despensa una docena de huevos o una liebre fresca y se marchaba, arreglándose los faldones de la camisa, por el camino del Cementerio; ¡si, si!, ese mismo camino que está usted viendo. La tía del Brujón salvó de muchas palizas a las mujeres de mi pueblo, pues aunque no era bonita, ni tampoco joven, decían que tenía buenas manos y que se daba maña para acariciar a los hombres; no se acercaba casi nunca por el Pueblo; le hacía los recados la hija del sepulturero que vivía, junto con su padre, muy cerca de ella.
* * *
Desde que mi padre se hizo parroquiano de la gitana mi madre andaba ya algo más aliviada, y por las noches yo no los oía pelearse como hacían antaño pero...¡poco duró el aceite en el candil! como gustaba decir a la Jesusa en estos casos, que por aquel año se dio una revolución en la Corte, y en el Ayuntamiento de Pueblo Grande entraron las derechas después de un empacho de votos comprados con muchos duros. Fueron varios los que tuvieron que emigrar a otros lugares del Pais, por miedo a las represalias, y entre estos se contaba a la tia del Brujón. Se acabaron para mis paisanos las idas y venidas nocturnas a la casa de la gitana. Una mañana se presentaron en su casa unas señoras elegantes vecinas de Pueblo Grande acompañadas por un cura joven y perfumado. Las damas, sin mayores miramientos rociaron a la gitana con unos cuantos sermones de Cuaresma apoyadas en sus filípicas por el canónigo (ellas, las señoras, decían: "señor Canónigo") que, detrás de ellas, asentía a todo mascullando latines. La tía del Brujón, sin levantar la mirada de la hija del sepulturero -a la que en ese momento, (y como regularmente hacía) limpiaba de piojos y de liendres- y con el cuello hinchado tal que parecia un sapo, los mandó a todos ellos a los lugares más feos que pueda usted imaginarse, y, como despedida, les lanzó a los pies un escupitajo seco, turbio, sin que llegara a temblarle siquiera el cigarrillo que apretaba en la comisura de los labios, pues ha de saber usted -señor- que la gitana, a pesar del bocio, fumaba, y no poco. El piadoso grupo que no esperaba ser recibido de este modo por la gitanucha, salió como espantado de la aldea; dando tumbos sobre una tartana mulera abandonaron el Valle por el atajo que atraviesa la sierra del Castillo. Según me contaron luego mis paisanos -pues yo ¿sabe usted? no fui testigo presencial de estos hechos- el hermoso cura iba todo despeinado por el sofoco y daba violentísimos capotazos al aire con el raso de su capa. Esta manifestación de altanería e indiferencia dirigida hacia los cruzados de tan virtuosa causa costó a la gitana la inmediata expulsión de nuestra aldea.De oscurecida se presentaron en su chabola un cabo y un número de la Guardia Civil. Mientras el guardia vigilaba el quicio de la puerta, con la bayoneta calada, el cabo presentó a la vieja puta una orden de expulsión firmada por el Comandante de Puesto. La tía del Brujón no sabia leer ni escribir pues -decíale al cabo- para maldita la cosa que necesitaba ella las letrujas ni las escribanias; que para despiojar mozas y desfogar hombres, teniendo las manos prestas iba, a Dios gracias, muy bien servida. Era menester ver -decían en la posada de la Roja- como se reía el guardia, un joven de bigotito engomado que aún no pintaba barba, con la salida que tuvo la gitanucha; ésta, después de despedirse -en presencia de los guardias- del sepulturero y de su hija a la que regaló algunas baratijas que atesoraba en su choza salió de la aldea -con los grilletes puestos según reza la Ordenanza- por la carretera de Valencia. Una galga despeluchada y coja de andares tortuosos les dio escolta durante un buen trecho hasta que el triste grupo empequeñeciéndose en el filo violáceo del atardecer desaparecio tras el lomo de una colina.
Nunca más regresó la gitana a nuestra aldea. Cuando había transcurrido casi un año desde su partida recibió, el sepulturero, una carta de ella y que le leyó el cura Párroco, en la que contaba como la pareja de Guardias la llevara hasta Yecla donde la dejaron montada en una diligencia que iba en ruta hacia Cartagena, ciudad en la que encontró cobijo en casa de un primo suyo llamado Buenaventura, vendedor ambulante de aguardiente y sardinas secas en el Puerto. Una coplilla que aún se canta en las fiestas de la aldea, acompañándola de guitarra y chirimía, recuerda el suceso. Muchos años después de terminada la Guerra Civil pasó por el pueblo un profesor de la Capital que marchaba -como usted- camino de la costa; y en la posada de la Roja tomaría nota del romancillo en su cuaderno de viaje y algunas coplas más que le encasquetó la sobrina de la Roja entre vaso y vaso de vino. Con ritmo de fandanguillos -¿sabe usted?- yo la oi cantar muchas veces; decia así:
Entre un número y un cabo
se llevan ya a la gitana;
entre dos tricornios negros
y dos bayonetas caladas
Cerca del Cementerio
una voz de niña llama
¡Gitana! ¡Gitana! ¿a donde te llevan?
A Cartagena...¡mi alma!
Ya viene, el sepulturero,
de cavar la tierra santa.
Entre una jarra de vino
dos vasos de porcelana
¡Enterraó! -le dice-
me voy a la mar salada;
júrame que tú, esta noche,
vas a quemar mi casa.
Entre un número y un cabo
se llevan ya a la gitana...
a la niña le regala
una cajita de nacar
En lo alto de la Sierra
pide reposo a los guardias
-señores guardias...¡un momento!
que quiero yo ver las llamas
En lo alto de la Sierra
pide descanso a los guardias
sentada bajo un olivo
está viendo arder su casa
Entre un número y un cabo
se llevan ya a la gitana
entre dos tricornios negros
y dos bayonetas caladas
Asi es que los hombres de la aldea echaron mucho a faltar la gitana, y mi padre pues...también. Cuando se vendía el azafrán y se habían recogido unos cuantos duros marchaban todos los hombres de mi Pueblo -o casi todos- al otro lado de la Sierra, a Pueblo Grande donde había unas señoritas de la Capital, de piel blanca y botines de charol que paraban cuatro o cinco días en el Café Nacional y que se marchaban en el mismo coche que el viajante del azafrán, todos ellos con los bolsillos bien cargaditos de plata.
Mi padre, por las noches, se rebullía en la cama como un zorro enjaulado; mi madre -muy quedito, ¿sabe usted? por no despertarnos- protestaba diciéndole a su hombre que se comportara y que mirara por los niños, sobre todo por el Antoñillo que dormía cerca de ellos; el buen hombre se acordaba, sin duda de la vieja gitana y de sus manos bailadoras, y gruñendo sordas súplicas que yo oía desde el fondo de mi cama se arrimaba a la hembra buscando en la oscuridad los rincones más calidos de su cuerpo; las noches en que mi hermano se despertaba llorando, mi madre, tomándolo entre sus brazos, lo acunaba en su regazo, entonces mi padre volvía a dormirse mascullando algunas blasfemias, o marchaba al corral para aliviar su cuerpo sin ayuda de la mujer...ya, usted me entiende.Otras veces, en cambio, mi padre se enfurecía ante las negativas de mi madre, y mi madre, entonces, -¿qué remedio...?- accedía al apareamiento.
Cuando iban a cumplirse dos años de la expulsión de la gitana mi madre volvió a preñarse; yo andaría entonces por los diez o los once años. Ya ayudaba a mi padre y muy de mañana marchaba con las cabras a los cerros próximos pasando casi todo el día en el campo.Algunos días llevaba mi rebaño a mordisquear los hierbajos que crecían en la umbria, detrás del Cementerio, por los mismos lugares que lo llevo ahora. Mientras los animales retozaban entre los nichos antiguos yo me acercaba hasta las ruínas quemadas de la antigua casa de la gitana; allí conocí a la hija del sepulturero, la Encarna:
-Tú eres José, el hijo de "El Caverrias"
-Si, ¿quieres queso?
Se sentó frente a mí, sobre un tronco carbonizado; me dijo -aunque yo esto ya lo sabía- que se llamaba Encarna y que para el próximo año cumpliria quince años. Tenia las piernas abiertas y yo se las miraba mientras iba mordisqueando lentamente el queso tierno y blanco.
-¿Te gustan mis piernas?; a la gitana también le gustaban; ella me peinaba todos los días y me lavaba la cara con jabón caro que traía de Pueblo Grande. Me decía, también, que si yo quería me podía marchar con ella a Cartagena y me casaría con un indiano -¿Qué es un indiano?
-Un señor que viene de América con mucho dinero y ropas de seda...¡Anda, ven! que te voy a enseñar una cosa.
Me tomó de la mano y me llevó hasta un rincón de la choza donde había una cama de hierro; estaba completamente quemada, y sobre ella unas vigas carbonizadas desprendidas, sin duda, del techo, y restos del colchón.
-Aquí es donde dormía tu padre con la gitana; ella me decía siempre que se portaba bien y que le pagaba mejor que ningún otro hombre de la aldea. Yo, algunas veces, venía a verlos desde esa ventana y oía a la gitana decirle a tu padre cosas muy buenas y muy bien dichas de tu madre; y también le decía que no le pegara nunca a tu madre, y que cuando ella no tuviese ganas de hombre que viniese a dormir con la tía del Brujón aunque no trajese liebres ni gallinas. A mí, ¿sabes? -me dijo la niña Encarna tomando con disimulo mi mano- me enseñó tambien como acariciar a los hombres para que no se vayan con otras mujeres.
Las piernas me temblaban cuando introduje mi mano por las faldas de la niña Encarna; ella me soltó la mano y salió corriendo de la choza riendo a carcajadas y diciéndome que volviera a la mañana siguiente, me enseñaría -seguía diciendo- la cajita de nácar que le regaló la gitana el día que se la llevaron presa.
-Y saca las cabras del cementerio -me gritaba cerca ya de la verja del camposanto- darás lugar a que las vea mi padre y mate una de una pedrada.
Cuando la hija del sepulturero me dejó solo entre las ruínas de la casa tenía yo la respiración jadeante de un lobo en celo y, también, húmedas las entrepiernas.
Me fui con las cabras al Barranco de "El Judío" -que si tengo ocasión ya le diré usted de donde le viene este nombre- para levantar los cepos que había colocado la madrugada anterior. Y luego subí con las presas hasta los pies del Castillo; después de limpiar y desplumar los pájaros que había cazado me senté al borde de la Sierra y estuve toda la tarde mirando al Cementerio, pensando en la niña Encarna y, a veces, también en la tía del Brujón que andaría vendiendo aguardiente por los muelles de Cartagena y buscando -así lo creía yo entonces en mi simpleza- un mocito indiano de traje blanco y anillos de oro, para casar a la Encarna. Los hombres regresaban del campo, montados en sus mulas que caminaban perezosas y como si fueran, al paso, cavando la tierra; la campana de la Iglesia llamaba a la oración; y yo, desde mi mirador, veía a las mujeres empequeñecidas por la distancia que andaban presurosas por las estrechas callejuelas, colocándose, al mismo tiempo, el velo negro sobre sus cabezas. A las puertas de la Iglesia se encontraba el cura leyendo en su breviario.
Llegó la noche y torné a acostarme pensando en la hija del sepulturero.Me rebullía en la cama como un animalico mientras iba subiéndome un fuego por las piernas que me abrasaba el bajo vientre en, semejante sea la parte; como el mismísimo San Pedro cuando renegó de Nuestro Señor Jesucristo así estuve yo escuchando los tres cantos del gallo, y tuve hasta que salir al corral a remojar mis ardores en agua fria, remedio que alguna vez había oido decir al cura párroco en las clases de catequesis para mayorcitos. El cielo hervía de estrellas y un airecillo frío y limpio como un cuchillo me traía los aullidos de los perros de los caseríos del otro lado del Valle. Las cabras, inquietas por mi presencia, golpeaban las tablas del corral, y al regresar de nuevo a mi cama hallé a mi madre despierta.
-José, ¿qué gobiernas esta noche que no haces más que remolerte y rosigarte en la cama?
-Nada, madre, nada; duerma usted.
-¿Has mirado la tranca del corral? no vaya a ser que se nos escape otra vez el macho.
* * *
El macho que tanto temía mi madre que se escapara era un cabrón de cuatro años que mi padre alquilaba como semental por la aldea y los caseríos del Valle; era de color castaño oscuro, tenía mirada de mal genio, y mal genio también, además de unos cuernos que cortaban la respiración de cualquiera. El Gancho, que creo haberle dicho era el capataz de El Polope, le puso de nombre Camilo -y no me pregunte por qué- Mi madre se negaba a llamarlo así, pues decía, y creo que no le faltaba ni miaja de razón, que era -o debía ser- pecado ponerle a las bestias nombres cristianos, y así lo nombraba, simplemente, el macho.
Cuando algún vecino traía una cabrita joven para ser cubierta por Camilo yo ayudaba a mi padre en la faena de la cubrición. La cabrita, las más de las veces, se dejaba atar las patas mansamente, y, por la cabeza, la sujetábamos a un poste que en el patio había. Luego soltábamos a Camilo que se enseñoreaba tras la grupita de la cabra con andares de caballo y peinando el aire con su hermosa cornamenta. Después se paraba detrás de la cabra y la olía con ansiedad y -si la cabra se dejaba- la montaba en un santiamén. La mar de hijos -¿sabe usted?- llegó a tener Camilo repartidos por todo el Valle. Cuando alguna cabrilla retozona se escapaba de su redil y pasaba la noche por los cañaverales, muy cerca del río, llamaba a Camilo dando tiernos balidos; Camilo entonces se removía en el corral, y si podía -que siempre podía- se escapaba; y esa noche, seguro seguro había preñez. A mi padre no le importaba ni tanto así que Camilo se escapara por las noches a cazar cabras -es más, lo veía hasta con buenos ojos- pues, según decían mis paisanos, la cabra, cuando está suelta por el monte tiene mejor monta, ¡vamos! que su cubrición por el macho es, a todas luces, más fructífera y saludable. Así que, si bien no le pagaban en dinero contante y sonante cuando Camilo montaba cabras por su cuenta, nunca o casi nunca dejaban de caerse con alguna liebre fresca o unas arrobillas de aceite. Esto mismo -lo de la cubrición en libertad- ocurrió con una cabrita blanca que trajeron desde Pueblo Grande para que Camilo la des virgara. La cabrita, a lo primero -como todas las novias que había tenido el macho- se dejó atar mansamente las patas, y no dio tan siquiera una cabezada cuando la amarramos por sus cuernecitos tiernos al poste, desgastado ya de tanta cornada; pero cuando Camilo comenzó a olerle la grupa se revolvió hecha una fiera, y Camilo, que era muy orgulloso para estas cosas, la desdeñó.
-¡Nada, Ramón! -se quejaba el fulano- que no hay nada que hacer...y mira que me gusta tu semental.
-Usted no ha de preocuparse don Fulano, que...esta noche, como me llamo Ramón que el macho cubre, ¡ya lo creo que cubre!
Y le contó al Fulano -que al principio se resistía- como era aquello de la monta a campo suelta. Y Camilo la cubrió ¡ya lo creo que la cubrió!. Cuando la cabrita, aquella noche, comenzó a llamar a Camilo desde los cañaverales, dando lastimeros balidos, Camilo quería hasta romper el corral; le abrimos rapidamente la puerta del patio, y él, sin fijarse en la puerta que le dejamos completamente abierta, salió como un torbellino saltando la murallita del patio, perdiéndose rapidamente en la densa oscuridad del Valle...
* * *
Con la primer claror del día me levanté de la cama y marché con el rebaño a la Charca de "El Quebrao" para tenderle unos lazos a la liebre entre las grietas de su rambla. La Charca de "El Quebrao" tenía el agua espesa y turbia, y echaba un hedor fuerte y agrio como de carne muerta, pero que decían que era buena para el pelo y que curtía las heridas. La tía del Brujón se bañaba con esta agua, y hasta la bebía en la creencia de que le curaría el bocio. De Pueblo Grande venían también gentes a llevársela en cántaros. Pero en nuestra aldea, excepto la gitana, nadie la quería pues contaban los viejos que la Charca de "El Quebrao" chupaba el jugo de todos los animales que morían apresados entre sus quebradizos que, por cierto, no eran pocos.Cuando un animal se perdía entre los cañaverales que poblaban sus orillas y caía en unos de estos pozos, era afortunado si se le podía vislumbrar la cabeza y pegarle un tiro porque si no era así el animal tenía una lenta agonía que podía durar semanas y sus alaridos se oían -sobre todo de noche- por toda la aldea y sus contornos, pues no había manera de sacarlo de su encierro.
Los domingos por la mañana, de muy temprano -con el Sol todavía pegado al Castillo- acudía a la Charca de "El Quebrao", desde Pueblo Grande, Siro "El Legionario", para lavarse las postillas de su cabeza, quemada, y el muñón de su brazo. Había sido viajante de una Fábrica de alpargatas que había por entonces en Pueblo Grande, y durante una de sus correrías como mercader, que lo llevó hasta la costa conoció, en el Puerto de Algeciras, a un brigada del Tercio que después de emborracharlo con ron de caña lo enroló por tres años para ir a pelear contra los moros a Tetuán. En la toma del Monte Gorgues quedó emboscado entre los rifeños junto con un amigo suyo -Salvador Ortiz- hijo de un cantinero de Ceuta. El "Felipe", cañón de dieciseis milimetros dirigido por unos desertores alemanes que se pasaron al bando de los moros, mató a su amigo y a él le arrancó el pellejo de la cabeza y se le llevó un brazo. Estuvo dos meses internado en el Hospital Militar de Ben Karrich, y cuando le dieron el alta embarcó en el "Capitan Parra" con una crucecita de bronce prendida del pecho, y una pensión de cincuenta pesetas por mutilado de guerra.
Siro "El Legionario" fumaba un tabaco fuerte y rancio que lllamaba grifa. Cuando había consumido medio canuto -así decía él- de este tabaco se recostaba contra un árbol y sonreía estupidamente. Si coincidíamos ambos -estando él en tal estado de alucinación- a la vera de la Charca me contaba todas sus aventuras por tierras de Africa. Luego me pedía un poco de leche para refrescarse el fuego que -decía- sentía en la boca, y mientras yo le ordeñaba una cabra él -se ve que se lo recordaba la teta de la cabra- me hablaba una y otra vez, con los ojos vidriosos, de la morita que dejara cerca de Larache y que tenía unas tetitas -lo de tetitas lo decía él- duras y brillantes como dos castañas.
Siro "El Legionario" tenía fama, en la aldea, de hombre duro y de navaja tierna y que, en más de una ocasión, -se decía- había hecho algunos "trabajillos" sucios para la policia. Con la tía del Brujón (durante el tiempo que la gitana habitó nuestro pueblo) se entendía muy bien, y juntos vaciaron más de una y más de dos botellas de aguardiente, hasta que él, el Siro, puso los ojos sobre la hija del sepulturero y la gitana lo sorprendió una tarde mirando a su protegida con ojos alobados y la boca abierta y jadeante; la gitana no se lo pensó dos veces:
-¡Mira Siro! -le dijo con las piernas abiertas y la mirada fria y punzante como un cuchillo- no quiera Dios que tenga yo un mal encuentro contigo, ni que tu y yo tengamos que vernos la color de la sangre; pero...por si acaso, y a partir de hoy, cuando la niña del Cementerio esté bajo mi techo no aparezcas por mi casa, y si por un casual tienes ganas de mujer guapa y no te basta con mis manos te me vas a ver a "La Espartera" de Pueblo Grande y le dices que yo te mando...
Siro, con los ojos en blanco, seguía o intentaba seguir las volutas del humo espeso de la grifa, volutas que se deshilachaban como sin ganas por entre las agujas verdes de los pinos; luego remataba la colilla con el talón y se quedaba extasiado mirando a las nubes que maniobraban sobre el azul intenso del cielo. Contaba, entonces, en voz alta deshilvanadas historias de sus correrías por Tetuan; decía no se qué de los moros bujarrones que gustaban de los culitos blancos de los soldaditos jóvenes cuyos cadáveres los moros profanaban; decía también de los dientes de oro y anillos arrancados con sus dedos sangrantes; decía, por fin, de las moritas jóvenes que amancebó en Zoco Chico...Y cuando llegaba al climax de sus alucinaciones nombraba, -invocandola con sonidos guturales y casi humanos- a su morita de Larache, aquella de los pezones duros y brillantes como castañas.
Una vez que se le habían pasado los efectos de la droga, se levantaba dando tumbos y se sumergía en la laguna hasta la cintura. Con la única mano que aún le quedaba iba sacando puñadas de fango negro desde el fondo de la Charca y se las iba restregando con fuerza por su cabeza despellejada y sanguinolenta, cantando -a la vez y con voz hueca- desentonadas canciones aprendidas, sin duda, en las trincheras de Africa. Si yo entonces me encontraba junto a él, como ocurría muchas veces, sacaba el muñón desnudo por entre los pliegues de su bragueta, y lo movía rítmicamente riéndose, el infeliz, de su propia ocurrencia. Cuando llegó a tener noticias de mis andanzas con la niña Encarna añadía,además, mientras jugaba con el muñón sobre el agua:
-Anda, José, que la niña Encarna ya está "para hombres"; arrímate a su vera que, si ha mojado su padre, bien puede ser que mojes tú. Y habia -¿me entiende usted?- algo de verdad en lo que decía Siro "El Legionario", (aunque la niña Encarna no me dijera nunca nada en todo el tiempo que vivimos juntos ni yo me atreviera a preguntárselo) pues la gitana -que peinaba regularmente a la niña- conocía todos los secretos de la casa del sepulturero, y algunas noches, en que el enterrador volvía borracho a su casa, la tía del Brujón tuvo que dar refugio en la suya a la Encarna que huiría, digo yo, de las malas intenciones de su padre. Yo soportaba estas bromas de "El Legionario" con no poca repugnancia, y a partir de mi primer encuentro clandestino con la niña Encarna evitaba tropezarme en la Charca con él y plantaba mis cepos cuando ya él se había marchado.
* * *
La mañana que quedé citado con la niña Encarna junto a la choza de la gitana, me fui de "El Quebrao" más temprano de lo que acostumbraba a hacerlo otras veces. De camino me crucé con Siro que venía desfilando con su muñón al ritmo de unos silbidos marciales. Al pasar junto a mí me guiñó un ojo señalándome con no poco descaro su abultada entrepierna.
-La niña Encarna necesita un hombre; ¡si señor...un hombre! -decía mientras lanzaba una piedra contra el pellejo seco de alguna de mis cabras -el sepulturero, ¿sabes José?- seguia diciendo, socarrón, a los árboles para que lo escuchara yo -ha marchado a Pueblo Grande y no regresará hasta bien entrada la noche...- y tornaba a sacar su muñón rojo y tirante por entre la bragueta.
-Un hombre...la niña Encarna necesita un hombre...¡Ya lo creo! ¡si señor!...eso es...¡un hombre! -y se perdía por el camino, dando saltos grotescos y repitiendo como una musiquilla de ritmos castrenses su sentencia.
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La niña Encarna cantaba junto a la choza de la gitana; su voz seca y desafinada iba a morir entre los verdes tallos del cañaveral:
Ya vienen los portugueses
Ya vienen pa la vendimia.
Si este año saco novio
San Antonio me bendiga
Ya se van los portugueses;
mi hombre se va también.
Si mi padre bien quisiera
yo marcharía tras él.
Carbonerito de Yeste;
Barquero del río Segura.
De todos los caminitos,
¿Cuál lleva a la Extremadura?
-Hola niña Encarna
-Hola José
La niña Encarna me miraba con mirar de mujer y apretaba en su regazo la cajita de nacar.
-¿Vienes de "El Quebrao"?
-Si, de recoger los cepos, pero no ha caído ninguna liebre; una que cayó anoche se me la llevó la zorra.
-¿Has visto a Siro? ¡Guárdate de él!. La gitana me decía siempre que, Siro, tiene una enfermedad sucia que le pegó una mora en el Puerto de Ceuta; no comas nunca de su plato; y cuando fume delante de tí entierra bien hondo su colilla no sea que se la coma una cabra y se le agrie la leche. ¿Quieres ver la cajita de nacar?
El cuerpo de la niña Encarna transpiraba un sudor tibio y agrio, como de requesón fresco; y este olor me excitaba. Ella iba sacando objetos de su cajita y me los iba mostrando contándome la historia de cada uno de ellos. En el fondo de la cajita había un papel arrugado y amarillento, era -me dijo- la carta que le escribiera la gitana desde Cartagena.
-Niña Encarna que dice Siro que tu ya "estás para hombre"...
-Si, ya sé que lo dice. Unas vez, en casa de la gitana, me ofreció dinero para apañarse conmigo en la cama; pero la gitana lo miró con un ojo bizco por la sangre y él salió corriendo de la casa. Antes de marcharse para Cartagena, le dijo que si se atrevia conmigo mandaría un gitano del Puerto para matarlo.
Y la niña Encarna volvía a entonar el romancillo de los portugueses mientras iba colocando al trasluz sus pequeños tesoros para mostrármelos en toda su plenitud.
-¿Ves esta Virgen de la Antigua? la encontré en un nicho de la parte vieja del Cementerio. Y esta flor la cogí del nicho del Abelardico, el que se quemó de pequeño en un horno; ¿no te acuerdas del Abelardico? ¡Si, hombre, el de la Jesusa!
Yo bien que me acordaba del Abelardico, ¡toma que no...!, y de que se quemó en un horno siendo niño, también... pero yo...-usted me dispense- no tenia más ojos que para mirarla, y los hocicos mojados por el deseo...Esta foto -me seguía diciendo la niña Encarna en la creencia de que yo siquiera oía- me la mandó la gitana desde Cartagena; estos que ves aqui son los reyes ¿sabes? y están subiendo en un barco para pasear por el mar; el mar es de ellos...¡bueno!, eso dicen...
Después recogía sus piernas y miraba sin mirar al horizonte de Valencia.
-Yo me iré también en un barco, algún dia, para América, y me casaré con un rico indiano.
Yo odiaba ya, sin conocerlo, al indiano que estaba destinado -creía yo entonces- a casarse con la niña Encarna; me lo imaginaba -al indiano- como ciertos señores que alguna vez observé en unas revistas ilustradas que la Señorita regaló a mi madre; trajes blancos y sombreros de paja, pero...finos -no sé como decirle- y sonriendo permanentemente; acompañados de señoras elegantes y de niños con calcetines blancos y zapatos de charol negro; niños como los de la ciudad, o como unos sobrinos de don Balbín que venian por el verano al Pueblo acompañados de una criada seria y uniformada de negro que los protegia del sol con una sombrilla de flecos de seda.
-Los indianos...de pequeño...¿son como los sobrinos de don Balbín? preguntaba yo.
-Si, pero sus cuerpos -me decía la niña Encarna que le dijera la gitana- huelen a canela y a chirimoyo; y comen caramelos de vainilla para cuando tienen que besar a alguna señora importante. Y la gitana me decía -seguía diciéndome la niña Encarna- que también se bañan en agua de coco; y que no andan igual que tú o que yo, sino como las propias cigueñas, pues, como ellas, tienen las piernas largas y delicadas. Cuando se hacen mayores fuman cigarrillos perfumados que cuesta cada uno un potosí; y usan bastón de caoba y plata aunque no tengan necesidad de él; y, de noche, van al Casino acompañados de un criado mulato -lindo como angel de iglesia- que va cargado con los duros de su amo para que este los gaste en el juego; y su mujer -si la tienen- va al teatro acompañando a la señora del Gobernador con sus criadas de confianza por si se le antoja pedir algo o mandar recado a algún amigo importante, que todas tienen...
Yo aprisionaba con mis manos sus piernas jóvenes; el olor que exhalaba su cuerpo me penetraba por las narices, y yo sentía ahogarme. Ella, la niña Encarna, sonreía, y al tiempo respiraba fuerte, como se respira al subir un repecho de monte. Cuando la besé, la cajita de nacar que apretaba en su regazo, cayó sobre la hierba esparciendo por el suelo todo el pequeño tesoro que contenía...
* * *
Yo aprendí a leer de corrido y pegando saltitos en los acentos, con el cura de nuestra Parroquia; el buen párroco tenía una pizarra casi despintada en el desván de la sacristía (si tiene tiempo, antes de irse, se lo mostraré, que aún está); y en aquel cuartucho lleno de santos mutilados, vírgenes desnarigadas y sotanas roídas nos enseñaba, a los más pequeños de la aldea, a leer en voz alta algunos pasajes de la Biblia, esperando todos los niños, con ansiedad, que sonasen las campanadas de la Iglesia -que eran las que marcaban el final de la clase- para irnos al Cementerio a levantar los cepos que habíamos colocado de buena mañana.
Una tarde -no recuerdo si de invierno o verano- del año en que yo cumplía los diez años me llamó el cura para que acudiese a su mesa, una vez terminada la clase y me dijo:
-Mira José, tú ya eres de los mayorcitos de mi Catequesis; sabes leer, hacer cuentas y ya tienes -gracias a Dios- hecha la Primera Comunión. Tu padre, ¿sabes? -me dijo el cura- necesita que le eches una mano en la tierra; y con el rebaño de cabras que le ha comprado a El Pajizo va a necesitar también un buen gañán que saque el ganado a los cerros. Aquí ya no pintas nada, todo lo que necesitas para ser un buen hombre ya te lo enseñé; así que he dispuesto que, a partir de mañana, no vengas más a la Escuela Parroquial; claro que si tu padre tiene interés en que asistas a la escuela del Gobierno, (tampoco eres tan torpe que no pudieras ir a ella y hacer incluso un buen papel) yo no dejaré de hablar con don Segundo, el Maestro de Pueblo Grande. Pero mi consejo, José, hijo, es que te arrimes a la tierra. A la sombra de "El Polope" no te ha de faltar el jornal; y si te aplicas y trabajas de firme igual que tu padre, podrás coger su puesto, cerca de los señoritos, cuando él -tu padre- ya no se pueda valer. Los libros, José si no hay una buena bolsa detrás de ellos, es bastante menguado el provecho que se les puede sacar, a no ser que los duros estén suplidos por un talento excepcional y muy fuera de lo común...¡y aún así no sé que te diga!; tú, por fortuna, aunque torpe no eres, ya te lo he dicho, no andas muy sobrado de ninguna de estas cosas; y te digo "por fortuna", porque el aplicarte con afán a un trabajo humilde y sencillo, y ser obedientes con tus amos es el más grande tesoro que yo, hijo, te puedo desear, y que vivas en paz sin molerte las entendederas con vanos pensamientos y falsas utopias de esas que, en los malos tiempos que corremos, soliviantan a los pueblos que son, de suyo, tranquilos y pacíficos. Ya ves tú si tendrá Dios -seguía diciéndome el cura apretando mis manos entre las suyas, grandes- miles...¿qué digo miles? ¡millones...! de fanegas de tierra santa allá en el Cielo para repartir entre todos los buenos jornaleros, para que nos tengamos que engolfar todos aquí abajo por dos palmos de secano...¿Me entiendes José?
Así es que, con estas consejas del cura de mi Pueblo, abandoné la escuela parroquial; y como mi padre -el cura estaba en lo cierto- necesitaba ayuda en el campo, y yo tampoco ardía en deseos de pasarme el día encerrado entre cuatro paredes, pues no fui a la Escuela del Gobierno, ni falta hizo que el Párroco se entrevistara con don Segundo, el mismo pobre don Segundo al que los de un bando de la guerra mataron durante la primavera del 36 porque decían que él, don Segundo, pertenecía al otro, al otro bando. En cuanto a mi formación lo poco más que aprendí luego se lo debo a don Práxedes.
Era don Práxedes un viajante de comercio por cuenta de una Compañía de Cartagena dedicada a la importación de café en crudo y azucar de caña, propiedad -la Compañía- de un rico indiano que regresó de Cuba cuando se firmó la Paz de Zanjón entre Martinez Campos y el Ejercito de Liberación de Cuba. Los dos primeros domingos de cada mes pasaba don Práxedes por nuestra aldea camino del Penal de Chinchilla a donde acudía para visitar a un hermanastro que cumplía condena, reo de un delito de terrorismo cometido bajo la dictadura de Primo de Rivera y que no llegó a consumarse -el atentado- por estar la pólvora en mal estado, lo que le sirvió para librarse del garrote.
Paraba el viajante en la finca de "El Polope" con cuyo dueño apalabraba contratos de intercambio de Azucar y Café por aceite sin refinar, aprovechando además la estancia, don Práxedes, para comprar a mis paisanos todo el azafrán que se cosechaban, azafrán que luego revendía a unos contrabandistas que lo llevaban hasta las playas de Gibraltar. El capataz de "El Polope" lo recogía muy de mañana en Pueblo Grande, a las puertas de la Fonda "La Nacional" donde se alojaba y, montados en mulas, entraban en la aldea por el atajo del Castillo. Durante el trayecto, don Práxedes le regalaba a "El Gancho" un cuarterón de tabaco y dos duros de plata; y éste le informaba puntualmente de la cantidad de azafrán que guardaban los vecinos, y le aconsejaba, además, sobre el precio hasta el que podía pujar sin perder la subasta:
-Señor don Práxedes -así lo llamaba el capataz- hoy puede usted conseguir un buen precio; es mucho el azafrán que guardan los armarios y pocos los reales que se tienen; y, ya sabe usted que el mes que entra, Dios mediante, son las fiestas de la Virgen de la Antigua.
Los niños éramos los primeros en verlos aparecer por detrás del Cementerio; y los corríamos por las calles gritando el apodo con el que mis gentes lo bautizaran:
-¡Ya viene "el Cubano"! ¡ya viene "el Cubano"! ¡al azafrán! ¡al azafrán!.
Corría por el Pueblo una coplilla que las mujeres cantaban cuando despescuezaban las flores del azafrán; y los niños, haciendo piruetas la coreábamos por todos los rincones del pueblo:
Mi padre, si no recuerdo mal, compró la casa el mismo año que don Balbín abrió la Yutera; entre lo que recogió del esparto y dos gorrinos que se vendieron juntó los dieciseis duros que le pedía la Señorita por una casa que tenía junto a la almazara. La tal Señorita pasaba ya del medio siglo cuando don Balbín abrió la Yutera, y el tal apodo o tratamiento, para mí tengo que le venía de haber dormido ni más ni menos que sola todos los días de su vida desde que la pariera su santa madre. Era hija única de un boticario de Valencia que llegó al Pueblo el año en que una gran Peste asoló nuestras tierras, que por ésto las malas querencias lo bautizaron, al boticario, con el apodo de "El Veneno". Doña Benita, que este era el nombre cristiano de la Señorita, de moza se carteaba con un subteniente de Sanidad destinado en Cuenca y que un buen día, aburrido ya de firmar imaginarias y de discutir con asistentes gallegos, marchó para Marruecos dispuesto a ganarse en las trincheras las estrellas de oficial que el escalafón insistentemente le negaba, regresando a los pocos meses con el cuerpo frio y una cruz de plata prendida de la guerrera. La Señorita, después de llorarle colgó la condecoración junto al retrato de su malogrado novio, (que lucía traje de gala, con sus churritos en la bocamanga) y se puso a dirigir la finca paterna. No le faltaron pretendientes a la Señorita; cuando más arreciaron fue el mismo año que el boticario entregó su alma a Dios ‑o al Diablo ¡vaya usted a saber!; al Veneno se lo llevó una rambla de agua junto con su yegua árabe una noche que regresaba de Isso adonde había ido de madrugada para apalabrar una cuadrilla de esparteros.
Pues ya le digo a usted, no le faltaron novios a doña Benita para desposar. El mismo día, sin ir más lejos, que enterraron a su padre ‑y con la excusa de darle el pésame, y para mí que acudiendo al olor de los duros del boticario‑ se le arrimó un teniente de carabineros destinado en el penal de Chinchilla, hijo de un antiguo conocimiento del boticario desde la época de Valencia. Más tarde probó suerte don Avelino, el Secretario del Juzgado, que a la sazón se encontraba en lista para ocupar la Secretaría del de Toledo. A todos ellos recibía sentada en la sala del comedor, escoltada por el retrato del subteniente al que, y a juzgar por la cara que ponía, ningún pretendiente le parecía lo suficientemente digno para sustituir a su persona. La Señorita, haciendo causa común con su difunto oficial, a todos los pretendientes daba largas y con ninguno se comprometía de firme; con todo ello el que más había durado en el corazón de la "viuda" fue un joven trompetista natural de Huesca que llegó al Pueblo con una banda de música y estuvo una semana tocando pasodobles y tangos en el Casino Central durante las fiestas de la Encarnación. Se llamaba Fermín y se pintaba solo para bailar los valses; cardenales así de gordo, oiga usted, le dejó a doña Benita en el trasero como recuerdo, según oi contar, siendo ya mocito, en los mentideros de la aldea. Fermín tenía el talle delgadito y pinturero; más de una moza se quedó suspirando tras los cristales de la ventana el día que se marchó del Pueblo el trompetista Fermín; y más de un mozo ‑también‑ recobró nuevamente la tranquilidad y los favores de su novia, que todo hay que decirlo...
Doña Benita murio soltera y virgen. Por expresa voluntad de su dueña, la crucecita laureada, de plata, pasó al manto de la Virgen de la Antígua de cuyo sagrado lugar desapareció durante las primeras revueltas que asolaron al Pueblo en el verano del treinta y seis.Yo no sabría decirle a usted, a ciencia cierta, si la Señorita tuvo o no tuvo esos amoríos pues, cuando yo contaba ocho años de edad, doña Benita era ya una anciana de pelo blanco, y casi ciega, que se pasaba las tardes, y hasta no pocas noches, rezando rosarios por todos los muertos de la aldea; sí que tuve ocasión de ver, algunas tardes que acompañaba a mi madre al viejo caserón del boticario, el retrato de un joven militar que me miraba insolentemente desde su amarillenta fotografía; bajo su adusta mirada, la vieja solterona desgranaba rosarios rumiando preces con su boca desdentada; también recuerdo que en la solapa del oscuro uniforme lucía, el joven militar, la cruz blanca del Cuerpo de Sanidad. Algunas tardes, la Señorita, me invitaba, con un vago ademán a pasar al interior de su oratorio y me regalaba caramelos de menta cuyas envolturas guardé yo, hasta bien mozo, en una caja de puros.
Otras veces, mientras apacentaba las cabras de mi padre en los riscos próximos al Cementerio, muy cerca del Cerro que decian entonces "del Reloj", yo la veía descender, a doña Benita, con pasos torpes desde una hermosa tartana pintada de azul y dirigirse cogida del brazo del sepulturero, casi tan viejo como ella, a la tumba del descansado de su padre. La tartana azul, pasados los años, terminaría como gallinero en el corral de nuestra casa; ya no debe de existir.
La noche en que La Jesusa vino aporreando la puerta de nuestra casa la aldea entera encendía mariposas y mascullaba oraciones para tratar de dulcificar la agonía de la Señorita. La puerta del corral estuvo toda la noche dando recios golpes, y las cabras, barruntando, sin duda, a la propia Muerte se lamentaban con tristes balidos. Mi madre después de tomar del baúl un crucifijo y un tarro de colonia abandonó nuestra casa en compañía de la partera.Cuando atrancaron la puerta, la campana de la Encarnación tocaba "a muerto", y los lamentos de su bronce viejo y picado iban a morir mismo a los pies del Castillo.
Después de darle tierra a la difunta hubo muchas habladurías en la aldea y sus contornos por ciertas tierras de buen labrantío, y con una vena gorda de agua, que la Señorita, en su testamento, había dejado al Convento de los Franciscanos, los cuales al tomar posesión de la finca despidieron a los antiguos jornaleros empleados por el boticario. El resto de las propiedades pasó a manos de un sobrino del boticario que, después de venderlas, se marchó con el dinero.El molino de aceite fue adquirido, a buen precio, por el señor don Balbín que, para celebrarlo, pagó al párroco de la Ermita de la Encarnación tres misas por el alma de la antigua dueña y subio los derechos de molienda; mucho tiempo se habló, en la taberna de La Roja del nuevo molinero y de sus malas entrañas; se dieron algunos golpes de más sobre sus mesas y la posadera vendió algunas arrobas más de "jumilla", y de ahí no pasó la cosa; los despedidos de la finca pidieron trabajo en la Yutera, unos lo consiguieron y otros no, y estos últimos marcharon a Pueblo Grande para trabajar en la fábrica de alpargatas.
* * *
El año que se cumplía el primer aniversario de la muerte de la Señorita cayó un pedrisco que dejó todo el campo desmadejado y maltrecho; era por Mayo, y en casa preparábamos ya ropas y apaños para pasar el verano en "El Polope". Mi padre, que tenía un dedo, aquí, en semejante sea la parte, tieso como un palo y muerto de una cangrena que le raspó, siendo pequeño, el veterinario, con un cuchillo, se levantó aquella mañana diciendo que el dedo le barruntaba mal tiempo. Todos los habitantes de la aldea íbamos esa mañana al Convento de los Franciscanos donde se cantaba una Misa, con muchos curas cubiertos de gala, por el eterno descanso del alma de doña Benita; acudíamos todos los aldeanos movidos por la piedad que nos inspiraba la difunta así como -y que Dios nos perdone a todos- también por el reparto de rosquillas que tenía lugar después de la ceremonia. Los hombres caminaban para la Iglesia y miraban con preocupación a las montañas de la parte de Valencia; unas nubes gordas y negras cabalgaban, rápidas, por encima del Castillo; los más viejos del lugar decían que eran nubes ruideras y que escuchaban -mire lo que le digo- el mismico pedrisco gruñir dentro de ellas, y que aquella negror -insistían- no podía traernos nada bueno. Hacia, apenas, dos semanas que se había bajado al Cristo de la Antígua desde la Ermita de la Encarnación y se le habían hecho las rogativas necesarias para que el Cielo nos mandara las últimas aguas que la tierra pide para pintar el albaricoque y el melocotón. Faltaban no más de cuatro o cinco dias para que se subiera al Cristo hasta su Ermita, con calzones nuevos -así somos en mi Pueblo- si nos daba el agua, y con los viejos y sucios si nos la negaba; es menester ver que, así y todo, cuando el Cielo nos manda la piedra ya podemos ponerle toda la santería de cara que parece que dice: "ahí va eso y con tu pan te lo comas". La tejada del altar mayor de San Roque, donde se encontraba la imagen del Cristo de las Aguas, como tambien algunos llamaban al de la Antígua, se vino abajo de tantísima piedra como le cayó encima y hubo que meter al Cristo y al San Roque, juntos, en el rincón más apartado de la sacristía.
Estaba Fray Justino, nuestro abad, hablándonos desde el púlpito cosas muy bien dichas sobre la Señorita haciendo llorar a las mujeres y enrojecer a los hombres cuando se escucharon las primeras piedras sobre la techumbre de la Iglesia. Los rojos y los azules de las vidrieras reflejados en el piso fueron apagándose poco a poco, y en un instante quedó toda la nave sumida en una suave penumbra; cobraron vida, con la oscuridad, las velas encendidas que espejeaban su pábilo en el barniz brillante de las imágenes en los altarcillos laterales. Los monaguillos, que hasta ese momento habían permanecido sentados delante del altar mayor, se levantaron los dos sigilosamente y, marchando por los cruceros laterales, pegados a la pared, se asomaron a la puerta del templo. Mi abuela Rosario, la Sorda, con la boca abierta de par en par como una tortuga agonizante interpretaba -a su manera- los gestos del predicador; sus oidos, muertos desde la infancia a consecuencia de unas fiebres, permanecían indiferentes al estruendo de la pedrisca que caía sobre nuestras cabezas. Cuando ya el fragor de la tormenta era tal que impedía oir la voz del franciscano, éste, con una genuflexión rápida dirigida hacia el Sagrario cortó la homilia y abandonó, con pasos silenciosos su escaño, dirigiéndose hacia la salida de la capilla.Pronto estuvimos todos contemplando la granizada desde la puerta de la iglesia. Las cabecitas largas, rubias, empenachadas del maizal caían al suelo abatidas por la fria balacera; algunos, tronchada su caña, se inclinaban hacia el compañero de fila, y pronto, muy pronto, todo el verde campo de maiz quedó tumbado y machacado. Los hombres, con la mirada fija en el fondo del triste paisaje, callaban; los niños nos arriesgábamos hasta el umbral y tomábamos los turbios proyectiles que fundíamos en nuestras manos; y algunas mujeres desgranaban entre sus dedos las cuentecillas oscuras de un rosario. Detrás del grupo se oían, rítmicas, -como un lamento casi- las letanías que solicitaban la intervención, en el terrible suceso, de Santa Bárbara.
Uno de los monaguillos que avistó a la partera entre los restos del naufragio comenzó a dar fuertes gritos invocando su nombre; por el sendero que separaba el maizal del plantío de albaricoques apareció la negra silueta enlutada de la Jesusa; traía la cabeza cubierta con un cubo, y con sus piernas fuertes, machudas, caminaba ligera doblado el cuerpo por los recios golpes que estaba recibiendo en su espalda. Cuando llegó al refugio del templo la tormenta estaba ya casi amainando; descubrióse de su yelmo; un fuerte olor a estiercol se desprendía de todo su cuerpo; en sus cabellos blancos y espartizos quedaron prendidos algunos restos de alfalfa triturada que las mujeres se apresuraban a limpiarle; la partera, quejándose de su espalda magullada contaba como de buena madrugada, con la luna aun encima del Castillo marchó para la finca de El Viso donde tenía apalabrada con su dueño la capa de tres gorrinos de engorde; y como al regreso cerca ya de la aldea le había pillado la pedrisca.
Al cesar la lluvia de piedras se levantó un baho caliente de la tierra, y todo olía a barro, a campo mojado; hasta nosotros llegaba, ahora, un airecillo cálido impregnado de un fuerte olor a savia verde, a yerba cortada. Por encima del Castillo el sol comenzaba ya a desgarrar las nubes. Un pálido resplandor amarillento hería los vidrios de las cristaleras y sus mosaicos de color tornaban a dibujarse debilmente sobre el piso de la capilla. Fray Justino llamó a sus monaguillos y se dirigió con ellos hacia la Sacristía. Después marchamos todos al refectorio del convento donde ya estaba dispuesta la vianda. Una mesa grande, larga, recia, cubierta de blancos manteles sostenía sobre ella el peso de cuatro enormes fuentes de barro repletas de rosquillas que sudaban miel, cubiertas por una breve gasa contra la que peleaban como unas tres docenas de moscas oscuras y gordas. Había también, sobre la mesa, algunas garrafas de vino y otras de aguardiente. Las mujeres, con sonrisas tímidas, y azoradas todas ellas tomaron asiento sobre los bancos; los hombres permanecían de pie agrupados en un rincón de la sala; apretujaban, nerviosos, las boinas entre sus manos callosas y grandes; uno de ellos ofrecía, abierta, su petaca de tabaco y comenzaban entonces unos entrecortados amagos de conversación que -necesariamente ese dia- había de versar sobre la reciente desgracia caída sobre la cosecha. San Francisco de Asís, escoltado por un lobo que miraba al santo con ojos alelados y unos pajarillos que picoteaban los bordes de su hábito, nos miraba a todos desde un enorme cuadro colgado en la pared; junto a él, en otro cuadro de igual tamaño estaba representada la Señorita, pechugona, seria y de moño alto; un festón negro orlaba el marco de la fotografia. Se bebió y se comió a la memoria de la Señorita, y los hombres, entre chupadas de cigarro y callados sorbos de aguardiente, apalabraron cuadrillas para cosechar, al dia siguiente, lo que se hubiera salvado de la tormenta.
* * *
Mi tierra es una tierra maldita, ¡si señor!; cuando el trigo, jovencito y tierno pide una miaja de agua para pegar su estironcico el Cielo se la niega y el trigo se agosta en el campo y muere. Cuando se acerca el tiempo de la cosecha y solicita un poco de calor para sazonar el grano que brilla al sol con reflejos de oro, el Cielo, sin un asomo siquiera de piedad, le escupe piedras y, entonces, se malogra. Asi que, ya que todo depende a lo que se ve, de allá arriba, no se extrañe usted de que mis paisanos se pasen la mitad del año peleando con la tierra y la otra mitad haciendo las paces con el Cielo paseando, para ello, sus descoloridos santos por aldeas y por campos. Por septiembre,-¡un poner!- antes de enterrar la simiente, se saca al San Roque de su cuchitril y se le hace correr sus buenas quince leguas mal contadas -¡a veces hasta...más!- por todos los predios del contorno; cuando el grano está ya abrigadito en la tierra, todas las mujeres del pueblo, capitaneadas por el cura párroco, cantan las novenas de la Antigua y de la Encarnación; y antes de llegar el mes de marzo, en que empiezan las Rogativas al Cristo de la Antigua aun se pegará San Roque sus buenos tres paseos por los campos que ya empiezan por entonces a querer pintarse de verde; todo esto sin contar las Festividades solemnes del Calendario en las que se pide al santo de turno -por interseción del cura- que no nos deje de su mano y que eche una miradita por nuestras tierras.
Nuestra casa era pequeña y se caía ya de puro vieja cuando yo comencé a gatear por sus rincones. En ella compartíamos cama y comida (y doy fe de que no había más cosas que compartir) mis padres, mi hermanico Antonio y mi abuela Rosario "La Sorda" la cual estaba, como su hija, mi madre, seca y menudita, y en la vejez le entraban unos frios -sobre todo por las noches- de los que no cesaba de lamentarse, dirigiendo sus quejas mayormente a la Virgen y a los Santos. Yo dormía siempre con ella para arrimarle un poco de calor, exceptuando los días en que mi padre pasaba la noche en la finca de "El Polope" en las que mi abuela y mi madre dormían juntas. Las noches en que yo dormía con la abuela tocaba, cuando ella estaba ya completamente dormida, su cuerpo huesoso, esquelético; su cabello pajizo y tieso me recordaban a la mismisima imagen del Cristo de la Antigua; uno de sus ojos lo mantenia completamente abierto, y a mí me daba espelunco mirárselo. Muchas noches, ya de mayor, he soñado con esa mirada vidriosa y fría...Y, por cierto, ahora que estoy con lo de mi abuela Rosario me viene a las mientes que a la pobrecica tuvimos que ponerle un esparadrapo en su ojo tieso el día que se murio pues causaba espanto entre los acompañantes al velorio ver su cadaver flaco y amarillento hundido en el fondo del ataúd que miraba al techo -o parecia que miraba- con aquel ojillo gris y sucio, como de pez muerto.
La casa tenía los techos bajos, con vigas gordas de roble enlechadas de cal. El dormitorio, en el que compartia junto con mi abuela una cama grande de hierros dorados, era pequeñito y tenía un ventanuco que daba al corral; de este ventanuco pendía, de una cuerda de esparto, un espejuelo turbio, roto, y medio huérfano ya de azogue ante el cual mi abuela peinaba, todas las mañanas, su larga cabellera blanca. En la cabecera de la cama había una diminuta pila -llena siempre de agua bendecida-adornada con un ramito de tomillo seco, y encima de ella -de la pila- un enorme cuadro que representaba al Cristo de la Antigua con colores chillones y desarmónicos recortado de una caja de roscos que se fabricaban por entonces en Pueblo Grande. Debajo de la cama se encontraba una enorme, destartalada y desportillada bacinica que la Señorita regaló a mi abuela para que, segun le dijo, no tuviera que salir al corral, por las noches, para hacer sus necesidades. Habia noches en las que, (y debido sin duda al desajuste de sus tripas propio de la vejez) no tenía más remedio que hacer en la bacinica sus necesidades mayores y esa noche no podía dormir yo debido al fuerte olor que despedian, desde el fondo de la cama, los excrementos de la pobre vieja; ¡válgame Dios! y que era una mujer limpia con su cuerpo, bien sé yo que le apenaba tanto así estos extremos a los que su desordenado cuerpo le obligaba a recurrir, y que aun ponia toda su fuerza de voluntad para no "hacérselo" mismamente entre las sábanas, cosa que, Gracias a Dios, no llegó a ocurrir nunca. Las noches en que yo, ya no podia soportar el hedor me incorporaba de la cama cuando la abuela se hallaba otra vez completamente dormida y me dirigía entonces con pasos sigilosos hasta el dormitorio de mis padres; de pie, junto a los pies de la cama rebullia con una mano el cuerpo de mi madre: -¡Madre! ¡madre! -susurraba temeroso de despertar a la anciana- levántese usted, mire que la abuela ha hecho sus tripas en la bacinica.
Mi madre se levantaba entonces y me mandaba acostar mientras ella marchaba al corral llevándose la bacinica; luego, y antes de volverse a su dormitorio, metía debajo de mi almohada un manojo verde de romero, el cual me ponía yo directamente en las narices para poder conciliar el sueño; la abuela -cosa que me daba verdadero panico- parecia espiarme con su ojo abierto.
El último año que paso la abuela en este mundo no podía ya abandonar la cama para nada pues estaba completamente herniada, entonces fue cuando mis padres me prepararon un jergón para dormir en la cámara; y dormia yo junto con las conservas, entre orzas de aceite y aperos de labranza; en las noches de insomnio me distraía cazando ratas -con un lazo, cosa en la que llegué a adquirir notable habilidad- con las que engordamos más de uno y más de dos gorrinos. Al final de su enfermedad -y siguiendo con lo de mi abuela- la pobre mujer "hacia" sus tripas directamente en la cama sobre un serón de esparto que mi madre introducía, con no poca dificultad, entre sus piernas llagadas. Meses antes de su fallecimiento se le salió varias veces la hernia y hubo que llamar a la "Enumi", la mujer de un espartero de Isso que se pintaba sola para encajar tripas. Se colocaba "La Enumi" -ya le digo a usted- a los pies de la cama y echábase las piernas de la abuela sobre sus hombros; estando en esta incómoda postura, salpicaba el dormitorio con tres o cuatro letanias dirigidas a los santos del lugar y, a continuación, metía sus fuertes y nervudas manos bajo el culo de la enferma y la izaba de un tirón con un Avemaría prendido de su boca, colocando de esta manera las tripas en su sitio que se encajaban con un rumor sordo de "piedralagua". La última vez que le acaeció a la abuela el salírsele las tripas del lugar en el que Dios se las había dispuesto me mandaron a mí para buscar a la curandera que vivía por entonces en "El Salitre" una llanura de tierra blanca y dura poblada de espesos cañaverales; hacía una noche fria y blanca; la luna, gorda y redonda, dibujaba, nítidos, los penachos del maiz sobre el sendero estrecho; los aullidos de los perros, allá en los últimos caserios del Valle, llegaban, débiles, hasta mí. Al cruzar el olivar de "El Viso" veía fulgurar las blancas cruces de cal, pintadas sobre los retorcidos y oscuros troncos de los olivos. Al llegar a casa de la curandera se me acercaron "El Quemao" y "La Azafrana", los dos galgos del espartero que me lamían las piernas y aullaban contentos, reconociéndome.
-¿Quien va? -gritaba la curandera desde el interior de la casa.
-Soy José el de "El Caverrias"; que a la abuela Rosario se le han salido las tripas, y que dice mi madre que venga usted ahora y se las apañe en su lugar, que luego le dará ella, a cambio, una gallina y una liebre frescas.
El camino de regreso lo hicimos por un atajo que atraviesa el Cañaveral de los Frailes, acompañados siempre por los dos galgos que perseguían alimañas entrando y saliendo del espeso maizal; en casa, cuando llegamos, permanecían todos levantados; mi madre atendía a la enferma y mi padre asaba unas morcillas sentado junto a la lumbre, tenía a mi hermano entre sus piernas el cual mordisqueaba un trozo de pan untado con tocino. "La Enumi" entró como en ella era costumbre entonando un Avemaría y haciendo la señal de la Cruz; como yo iba pegado a ella con la única intención de entrar en el cuarto de la enferma, ella me cerró la cortina en mi cara diciendo que aquello era cosa de mujeres y que mientras mi madre y ella trataban de curarla que yo me arrimara al fuego. La abuela se lamentaba con gruñidos roncos y lastimeros -como de gorrino en matanza- y la curandera le regañaba como si la pobre pudiera, verdaderamente, oirla.
-¡Señá Rosario! déjese usted ya de ziquizaques y de zarambollas. Mire que esto no va a ser peor que una paridera, y usted, gracias a Dios, trajo ya seis gazapos a este mundo; y estése quieta ya con el faldón, ¡noramala! que aquí, las presentes, tenemos todas lo mismo entre las piernas.
Después de estar un buen rato, las dos mujeres, peleándose con las tripas de la abuela, consiguieron colocárselas en su lugar; mientras la Enumi la fajaba con tela blanca y cuerda de esparto la abuela la miraba agradecida besando una estampa de la Virgen. Mi padre despidió a la Enumi con la gallina prometida y una liebre que había cazado aquella misma mañana pero la curandera se negó a tomar los dos animales y dijo que con la liebre ya se consideraba suficientemente pagada, y que la gallina la guardásemos para otra ocasión, que solo Dios sabía -dijo- si tendría que regresar otra vez al cuarto de la Sorda que asi era como la conocían en la aldea y asi era como la llamaban. Y esta fue la última vez que tuvimos necesidad de acudir a la "encajatripas" como mi padre gustaba de llamarla, pues al poco tiempo la abuela Rosario entregó su alma a Dios y su cuerpo al sepulturero. Se llegó a escocer tanto, en sus partes, la abuela, de no salir de la cama, que era al final de sus días una pura llaga en carne viva; mi madre la embadurnaba bien con manteca de cerdo para así aliviarla de sus heridas. Durante su agonía toda la habitación olia a tocino crudo y la Jesusa, que estuvo junto a su cama desde que se puso en morir, le colocaba algodones perfumados en la nariz para que la pobre vieja no maldijera la hora de su muerte; la abuela, por esto, sonreía agradecida a la Jesusa. Al cura le costó Dios y ayuda confesarla porque la anciana no oía nada, y malamente pronunciaba unos pocos gruñidos que el párroco, ansioso sin duda de ganar aquella alma para las huestes celestiales, interpretó como una postrera oración de arrepentimiento. Después de ungir a la difunta con los aceites bendecidos que trajera desde el altar mayor de San Roque, y de dar consuelo espiritual a mi madre, se marchó acompañado de sus monaguillos.
* * *
Detrás de la casa tenÍamos un pequeño corral descubierto, con sus muros de argamasa ya semiderruídos por cuyas troneras se escapaban, cada vez que podían, que eran las más de las veces, las tres o cuatro cabras con que nos abastecíamos de leche y queso; otros tantos gorrinos hozaban en un cuartucho bajo y cerrado con una puerta medio podrida de los que la mitad vendíamos cuando estaban en sazón y los otros los matábamos por la Pascua. Las gallinas y los pollos andaban sueltos por el corral y estaban siempre fuera de casa picoteando orugas entre unos cañaverales que crecían próximos al corral, adonde regresaban cuando se ponía el sol salvando la murallita con un vuelecillo de avión, torpe. Y un rincón apartado del muro era el lugar adonde acudíamos para aliviar nuestras tripas. Bajo la ventana del dormitorio que yo compartía con la abuela, en vida de ella, tenía mi madre una tinaja que estaba siempre llena de agua y un caldero desconchado, de barro, en el que fregaba los pocos enseres de la cocina. Mi padre, como aniaguero de El Polope, tenía derecho a una parte de la leña que se recogía en la poda.En el corral se apilaban las rajas de olivera y los troncos de los albaricoqueros jóvenes que la helada había matado. Con esta leña nos calentábamos en invierno, y con ella cocinaba mi madre en una pequeña chimenea que por lo sucio no respiraba bien y teníamos siempre llena de humos. Después de cenar nos sentábamos todos alrededor del fuego; mi padre trenzaba esparto para hacer cuerdas y serones para las mulas, y mi madre -cuando había- espurgaba las flores de azafrán que cultivábamos en un pequeño terreno con quince o veinte oliveras que poseíamos en las afueras de la aldea.
Mi padre era, el hombre, -ya se lo tengo dicho a usted- de caracter bastante serio, y ademas, poco hablador; tenia la mano corta, quiero decirle a usted que nos pegaba poco a mí y -ya de mayorcito- a mi hermano Antonio, pero cuando lo hacía -lo de pegarnos- era con mano dura y recia. El vino lo bebía en casa, y tan solo acudia a la taberna de la Roja para comprar tabaco con el que, por las noches, se liaba unos vegueros gordos y apretados que iba apilando en una petaca de piel de becerra heredada de su padre, antes de marchar este al presidio de Ceuta. No sabía leer, ni tampoco escribir y para llevar la cuenta de los jornales trabajados por sus muleros se servía de unos signos inventados por él mismo, signos que garabateaba en una libretita grasienta que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta. En la finca gozaba de la plena confianza de los señoritos y también de la del capataz porque hablaba poco y trabajaba mucho, aunque esto último no dejara de acarrearle las ojerizas de algunos muleros que decían -sin razón- que miraba mucho por los intereses del amo. Y cuando esto decían de buen seguro que no se acordaban ya de las magras y los chorizos que mi padre les ocultaba bajo las albardas de sus mulas. Cuando la ocasión lo requeria y apuraba a los muleros, en la sementera o en la trilla para que terminasen pronto la faena, alguno de ellos respondía:
-¡Caverrias!, ¡Piijo! lo que no se haga hoy ya se hará mañana, que a fin de cuentas estas tierras no son nuestras, y ya sabes...¡lo "comío" por lo "servío"..!
Y el mulero que así protestaba echaba después un escupitajo atravesado y se iba por el labrantío adelante blasfemando contra Dios y fustigando a las mulas con mala sangre, con muy mala sangre.
El capataz, apodado el Gancho por la maña que se daba para meter el dedo en la balanza y engañar así en el peso, como buen hijo de molinero que era, le decía algunas veces a mi padre, cuando echaba a faltar carne de la despensa.
-Mira Ramón, yo te tengo ley porque me consta que eres un hombre cabal y entero, ¡vamos! que miras de frente y estás bragao. A mí ¿sabes?, me paga el amo para que mire por sus cosas. Contigo gracias a Dios no he tenido nunca una palabra más alta que otra y quiera Dios que siga así por muchos años pero...la despensa es del amo y tú tienes también llave de ella, así que ya sabes, ¡a lo dicho! no mires tanto por tus muleros que mal te lo agradecen, además que al ama le ha dado ahora por mirar todas las noches en la despensa. Mi padre le agradecía el aviso y hablaba con los muleros a los que conformaba; estaba un tiempo sin pasarles nada y cuando la tormenta había pasado -o él creía que había pasado- volvía a tomar comida.Transcurrido algún tiempo llegó el asunto a oídos de los señoritos que optaron -y bien sabían ellos lo que les interesaba- optaron por hacerse los desentendidos.
Cuando aun vivía la abuela y se podía levantar de la cama también se sentaba ella, con nosotros, junto al hogar en una silla de patas cortadas y se quedaba mirando al fuego como alelada. Por no poder tener quedas las manos, de los nervios, me obligaba a sentarme en el suelo, entre sus rodillas, y acercándome la cabeza al fuego, con grande peligro de mi persona, me quitaba los piojos y las liendres de los que había gran abundancia en mi cabeza así como -sin querer menospreciar a nadie- en las de todos mis paisanos; mi madre, en cambio, me los mataba con refriegas de petróleo cuando me bañaba el sábado por la noche, y era tanto el ardor que sentía en el pellejo de mis cascos que, al no poder dormir del escozor sacaba la cabeza por el ventanuco para que me la refrescara el helor de la noche.
Mi hermano Antonio nació en vida de doña Benita que me acuerdo de ello porque la Señorita, que por entonces ya veía poco y no salía de casa regaló a mi madre, para el niño, una caja de polvos de talco; la Jesusa después de lavar al crio junto a la lumbre y de meterle en la boca un pellizco de sal lo llevó a la casona para que ella lo viese.
Mi padre pagó a la Jesusa, por el parto, dos pesetas y se las entregó junto con la "Americana" una pollita joven que corria por el corral y era hija de la "Negrita" una de las más ponedoras. Por la tarde vinieron a la casa los muleros de "El Polope" que estuvieron bebiendo aguardiente y fumando hasta bien entrada la noche; cuando se despidieron fueron pasando por el dormitorio y, después de rozar con sus barbas la carita del niño, pidieron al Cristo de la Antigua venturas para él y para mi madre. Mi padre, al día siguiente y para celebrarlo se puso ropa limpia y fue a hacerle una visita a la "tia del Brujón". Y mi madre, a los tres días del parto se levantó de la cama, y a la semana ya salía al campo a trabajar.El niño lo dejaba en la cama con la abuela Rosario; entre los dos se daban calor, pues la chimenea -¿sabe usted?- solo se encendía cuando estábamos todos en casa, y esto ocurría cuando ya había oscurecido y mi padre regresaba del campo con el sol escondido detrás del Castillo.
Al medio año escaso de haber parido, a mi madre se le cortó la leche quedándole las tetas secas y arrugadas; el Antoñico, nada más que por eso se pasaba todo el dia llorando y con la boca completamente abierta como un gatico chico. Mi madre estuvo un tiempo poniéndolo al pecho pero como la criatura no encontraba nada, y se irritaba más, mordiendo y rosigando con sus encias desnudas los pezones, ella se echaba a todos los diablos y, con fuertes protestas, metía de nuevo sus ubres completamente secas entre la estameña de su vestido. La abuela cuando esto observaba le pedía por señas el niño y, desabrochándose los primeros botones de su vestido le introducía su pezón negro y también seco en la boca y con uno de sus dedos lo iba impregnando en leche de cabra remedio que no contaba con la aprobación de mi padre. Fue tanto lo que llegaron a encariñarse la vieja y el chiquillo que cuando mi madre los separaba, él gritaba como un descosido y mi abuela emitía roncos sonidos guturales de protesta, y hasta algún lagrimón gordo -mire lo que le digo- se le adiamantaba en los ojos con el fulgor de la lumbre; aguantándose la hernia con sus manos se iba, dando resoplidos, para el dormitorio. Las noches en que esto ocurría la abuela hacia sus tripas en la cama, no con mala conciencia, ¡no señor!, sino por mor de las pesadillas que ¡a saber usted! le rondaban por la cabeza. Mientras fregaba los excrementos de la sordomuda, yo la oía protestar a mi madre, desde mi jergón en la camara, maldiciendo la hora en que había quedado preñada.La pobre abuela sintiéndose sin duda humillada en lo más hondo de su verguenza quejábase con sordos gemidos. Es el caso que mi madre perdio, a pesar de estar aun en buena sazón para ello, las ganas de hombre, y si mi padre se le arrimaba por las noches ella se apartaba temiéndole mas que a la propia peste. Todas las noches se acostaba la última, haciendo tiempo hasta que mi padre se encontraba completamente dormido. Fue por entonces, y debido al ariscamiento de ella, que mi padre comenzó a visitar, al igual que mis paisanos, a la tía del Brujón. Los sábados, al regresar del campo, y después de lavarse, tomaba de la despensa una docena de huevos o una liebre fresca y se marchaba, arreglándose los faldones de la camisa, por el camino del Cementerio; ¡si, si!, ese mismo camino que está usted viendo. La tía del Brujón salvó de muchas palizas a las mujeres de mi pueblo, pues aunque no era bonita, ni tampoco joven, decían que tenía buenas manos y que se daba maña para acariciar a los hombres; no se acercaba casi nunca por el Pueblo; le hacía los recados la hija del sepulturero que vivía, junto con su padre, muy cerca de ella.
* * *
Desde que mi padre se hizo parroquiano de la gitana mi madre andaba ya algo más aliviada, y por las noches yo no los oía pelearse como hacían antaño pero...¡poco duró el aceite en el candil! como gustaba decir a la Jesusa en estos casos, que por aquel año se dio una revolución en la Corte, y en el Ayuntamiento de Pueblo Grande entraron las derechas después de un empacho de votos comprados con muchos duros. Fueron varios los que tuvieron que emigrar a otros lugares del Pais, por miedo a las represalias, y entre estos se contaba a la tia del Brujón. Se acabaron para mis paisanos las idas y venidas nocturnas a la casa de la gitana. Una mañana se presentaron en su casa unas señoras elegantes vecinas de Pueblo Grande acompañadas por un cura joven y perfumado. Las damas, sin mayores miramientos rociaron a la gitana con unos cuantos sermones de Cuaresma apoyadas en sus filípicas por el canónigo (ellas, las señoras, decían: "señor Canónigo") que, detrás de ellas, asentía a todo mascullando latines. La tía del Brujón, sin levantar la mirada de la hija del sepulturero -a la que en ese momento, (y como regularmente hacía) limpiaba de piojos y de liendres- y con el cuello hinchado tal que parecia un sapo, los mandó a todos ellos a los lugares más feos que pueda usted imaginarse, y, como despedida, les lanzó a los pies un escupitajo seco, turbio, sin que llegara a temblarle siquiera el cigarrillo que apretaba en la comisura de los labios, pues ha de saber usted -señor- que la gitana, a pesar del bocio, fumaba, y no poco. El piadoso grupo que no esperaba ser recibido de este modo por la gitanucha, salió como espantado de la aldea; dando tumbos sobre una tartana mulera abandonaron el Valle por el atajo que atraviesa la sierra del Castillo. Según me contaron luego mis paisanos -pues yo ¿sabe usted? no fui testigo presencial de estos hechos- el hermoso cura iba todo despeinado por el sofoco y daba violentísimos capotazos al aire con el raso de su capa. Esta manifestación de altanería e indiferencia dirigida hacia los cruzados de tan virtuosa causa costó a la gitana la inmediata expulsión de nuestra aldea.De oscurecida se presentaron en su chabola un cabo y un número de la Guardia Civil. Mientras el guardia vigilaba el quicio de la puerta, con la bayoneta calada, el cabo presentó a la vieja puta una orden de expulsión firmada por el Comandante de Puesto. La tía del Brujón no sabia leer ni escribir pues -decíale al cabo- para maldita la cosa que necesitaba ella las letrujas ni las escribanias; que para despiojar mozas y desfogar hombres, teniendo las manos prestas iba, a Dios gracias, muy bien servida. Era menester ver -decían en la posada de la Roja- como se reía el guardia, un joven de bigotito engomado que aún no pintaba barba, con la salida que tuvo la gitanucha; ésta, después de despedirse -en presencia de los guardias- del sepulturero y de su hija a la que regaló algunas baratijas que atesoraba en su choza salió de la aldea -con los grilletes puestos según reza la Ordenanza- por la carretera de Valencia. Una galga despeluchada y coja de andares tortuosos les dio escolta durante un buen trecho hasta que el triste grupo empequeñeciéndose en el filo violáceo del atardecer desaparecio tras el lomo de una colina.
Nunca más regresó la gitana a nuestra aldea. Cuando había transcurrido casi un año desde su partida recibió, el sepulturero, una carta de ella y que le leyó el cura Párroco, en la que contaba como la pareja de Guardias la llevara hasta Yecla donde la dejaron montada en una diligencia que iba en ruta hacia Cartagena, ciudad en la que encontró cobijo en casa de un primo suyo llamado Buenaventura, vendedor ambulante de aguardiente y sardinas secas en el Puerto. Una coplilla que aún se canta en las fiestas de la aldea, acompañándola de guitarra y chirimía, recuerda el suceso. Muchos años después de terminada la Guerra Civil pasó por el pueblo un profesor de la Capital que marchaba -como usted- camino de la costa; y en la posada de la Roja tomaría nota del romancillo en su cuaderno de viaje y algunas coplas más que le encasquetó la sobrina de la Roja entre vaso y vaso de vino. Con ritmo de fandanguillos -¿sabe usted?- yo la oi cantar muchas veces; decia así:
Entre un número y un cabo
se llevan ya a la gitana;
entre dos tricornios negros
y dos bayonetas caladas
Cerca del Cementerio
una voz de niña llama
¡Gitana! ¡Gitana! ¿a donde te llevan?
A Cartagena...¡mi alma!
Ya viene, el sepulturero,
de cavar la tierra santa.
Entre una jarra de vino
dos vasos de porcelana
¡Enterraó! -le dice-
me voy a la mar salada;
júrame que tú, esta noche,
vas a quemar mi casa.
Entre un número y un cabo
se llevan ya a la gitana...
a la niña le regala
una cajita de nacar
En lo alto de la Sierra
pide reposo a los guardias
-señores guardias...¡un momento!
que quiero yo ver las llamas
En lo alto de la Sierra
pide descanso a los guardias
sentada bajo un olivo
está viendo arder su casa
Entre un número y un cabo
se llevan ya a la gitana
entre dos tricornios negros
y dos bayonetas caladas
Asi es que los hombres de la aldea echaron mucho a faltar la gitana, y mi padre pues...también. Cuando se vendía el azafrán y se habían recogido unos cuantos duros marchaban todos los hombres de mi Pueblo -o casi todos- al otro lado de la Sierra, a Pueblo Grande donde había unas señoritas de la Capital, de piel blanca y botines de charol que paraban cuatro o cinco días en el Café Nacional y que se marchaban en el mismo coche que el viajante del azafrán, todos ellos con los bolsillos bien cargaditos de plata.
Mi padre, por las noches, se rebullía en la cama como un zorro enjaulado; mi madre -muy quedito, ¿sabe usted? por no despertarnos- protestaba diciéndole a su hombre que se comportara y que mirara por los niños, sobre todo por el Antoñillo que dormía cerca de ellos; el buen hombre se acordaba, sin duda de la vieja gitana y de sus manos bailadoras, y gruñendo sordas súplicas que yo oía desde el fondo de mi cama se arrimaba a la hembra buscando en la oscuridad los rincones más calidos de su cuerpo; las noches en que mi hermano se despertaba llorando, mi madre, tomándolo entre sus brazos, lo acunaba en su regazo, entonces mi padre volvía a dormirse mascullando algunas blasfemias, o marchaba al corral para aliviar su cuerpo sin ayuda de la mujer...ya, usted me entiende.Otras veces, en cambio, mi padre se enfurecía ante las negativas de mi madre, y mi madre, entonces, -¿qué remedio...?- accedía al apareamiento.
Cuando iban a cumplirse dos años de la expulsión de la gitana mi madre volvió a preñarse; yo andaría entonces por los diez o los once años. Ya ayudaba a mi padre y muy de mañana marchaba con las cabras a los cerros próximos pasando casi todo el día en el campo.Algunos días llevaba mi rebaño a mordisquear los hierbajos que crecían en la umbria, detrás del Cementerio, por los mismos lugares que lo llevo ahora. Mientras los animales retozaban entre los nichos antiguos yo me acercaba hasta las ruínas quemadas de la antigua casa de la gitana; allí conocí a la hija del sepulturero, la Encarna:
-Tú eres José, el hijo de "El Caverrias"
-Si, ¿quieres queso?
Se sentó frente a mí, sobre un tronco carbonizado; me dijo -aunque yo esto ya lo sabía- que se llamaba Encarna y que para el próximo año cumpliria quince años. Tenia las piernas abiertas y yo se las miraba mientras iba mordisqueando lentamente el queso tierno y blanco.
-¿Te gustan mis piernas?; a la gitana también le gustaban; ella me peinaba todos los días y me lavaba la cara con jabón caro que traía de Pueblo Grande. Me decía, también, que si yo quería me podía marchar con ella a Cartagena y me casaría con un indiano -¿Qué es un indiano?
-Un señor que viene de América con mucho dinero y ropas de seda...¡Anda, ven! que te voy a enseñar una cosa.
Me tomó de la mano y me llevó hasta un rincón de la choza donde había una cama de hierro; estaba completamente quemada, y sobre ella unas vigas carbonizadas desprendidas, sin duda, del techo, y restos del colchón.
-Aquí es donde dormía tu padre con la gitana; ella me decía siempre que se portaba bien y que le pagaba mejor que ningún otro hombre de la aldea. Yo, algunas veces, venía a verlos desde esa ventana y oía a la gitana decirle a tu padre cosas muy buenas y muy bien dichas de tu madre; y también le decía que no le pegara nunca a tu madre, y que cuando ella no tuviese ganas de hombre que viniese a dormir con la tía del Brujón aunque no trajese liebres ni gallinas. A mí, ¿sabes? -me dijo la niña Encarna tomando con disimulo mi mano- me enseñó tambien como acariciar a los hombres para que no se vayan con otras mujeres.
Las piernas me temblaban cuando introduje mi mano por las faldas de la niña Encarna; ella me soltó la mano y salió corriendo de la choza riendo a carcajadas y diciéndome que volviera a la mañana siguiente, me enseñaría -seguía diciendo- la cajita de nácar que le regaló la gitana el día que se la llevaron presa.
-Y saca las cabras del cementerio -me gritaba cerca ya de la verja del camposanto- darás lugar a que las vea mi padre y mate una de una pedrada.
Cuando la hija del sepulturero me dejó solo entre las ruínas de la casa tenía yo la respiración jadeante de un lobo en celo y, también, húmedas las entrepiernas.
Me fui con las cabras al Barranco de "El Judío" -que si tengo ocasión ya le diré usted de donde le viene este nombre- para levantar los cepos que había colocado la madrugada anterior. Y luego subí con las presas hasta los pies del Castillo; después de limpiar y desplumar los pájaros que había cazado me senté al borde de la Sierra y estuve toda la tarde mirando al Cementerio, pensando en la niña Encarna y, a veces, también en la tía del Brujón que andaría vendiendo aguardiente por los muelles de Cartagena y buscando -así lo creía yo entonces en mi simpleza- un mocito indiano de traje blanco y anillos de oro, para casar a la Encarna. Los hombres regresaban del campo, montados en sus mulas que caminaban perezosas y como si fueran, al paso, cavando la tierra; la campana de la Iglesia llamaba a la oración; y yo, desde mi mirador, veía a las mujeres empequeñecidas por la distancia que andaban presurosas por las estrechas callejuelas, colocándose, al mismo tiempo, el velo negro sobre sus cabezas. A las puertas de la Iglesia se encontraba el cura leyendo en su breviario.
Llegó la noche y torné a acostarme pensando en la hija del sepulturero.Me rebullía en la cama como un animalico mientras iba subiéndome un fuego por las piernas que me abrasaba el bajo vientre en, semejante sea la parte; como el mismísimo San Pedro cuando renegó de Nuestro Señor Jesucristo así estuve yo escuchando los tres cantos del gallo, y tuve hasta que salir al corral a remojar mis ardores en agua fria, remedio que alguna vez había oido decir al cura párroco en las clases de catequesis para mayorcitos. El cielo hervía de estrellas y un airecillo frío y limpio como un cuchillo me traía los aullidos de los perros de los caseríos del otro lado del Valle. Las cabras, inquietas por mi presencia, golpeaban las tablas del corral, y al regresar de nuevo a mi cama hallé a mi madre despierta.
-José, ¿qué gobiernas esta noche que no haces más que remolerte y rosigarte en la cama?
-Nada, madre, nada; duerma usted.
-¿Has mirado la tranca del corral? no vaya a ser que se nos escape otra vez el macho.
* * *
El macho que tanto temía mi madre que se escapara era un cabrón de cuatro años que mi padre alquilaba como semental por la aldea y los caseríos del Valle; era de color castaño oscuro, tenía mirada de mal genio, y mal genio también, además de unos cuernos que cortaban la respiración de cualquiera. El Gancho, que creo haberle dicho era el capataz de El Polope, le puso de nombre Camilo -y no me pregunte por qué- Mi madre se negaba a llamarlo así, pues decía, y creo que no le faltaba ni miaja de razón, que era -o debía ser- pecado ponerle a las bestias nombres cristianos, y así lo nombraba, simplemente, el macho.
Cuando algún vecino traía una cabrita joven para ser cubierta por Camilo yo ayudaba a mi padre en la faena de la cubrición. La cabrita, las más de las veces, se dejaba atar las patas mansamente, y, por la cabeza, la sujetábamos a un poste que en el patio había. Luego soltábamos a Camilo que se enseñoreaba tras la grupita de la cabra con andares de caballo y peinando el aire con su hermosa cornamenta. Después se paraba detrás de la cabra y la olía con ansiedad y -si la cabra se dejaba- la montaba en un santiamén. La mar de hijos -¿sabe usted?- llegó a tener Camilo repartidos por todo el Valle. Cuando alguna cabrilla retozona se escapaba de su redil y pasaba la noche por los cañaverales, muy cerca del río, llamaba a Camilo dando tiernos balidos; Camilo entonces se removía en el corral, y si podía -que siempre podía- se escapaba; y esa noche, seguro seguro había preñez. A mi padre no le importaba ni tanto así que Camilo se escapara por las noches a cazar cabras -es más, lo veía hasta con buenos ojos- pues, según decían mis paisanos, la cabra, cuando está suelta por el monte tiene mejor monta, ¡vamos! que su cubrición por el macho es, a todas luces, más fructífera y saludable. Así que, si bien no le pagaban en dinero contante y sonante cuando Camilo montaba cabras por su cuenta, nunca o casi nunca dejaban de caerse con alguna liebre fresca o unas arrobillas de aceite. Esto mismo -lo de la cubrición en libertad- ocurrió con una cabrita blanca que trajeron desde Pueblo Grande para que Camilo la des virgara. La cabrita, a lo primero -como todas las novias que había tenido el macho- se dejó atar mansamente las patas, y no dio tan siquiera una cabezada cuando la amarramos por sus cuernecitos tiernos al poste, desgastado ya de tanta cornada; pero cuando Camilo comenzó a olerle la grupa se revolvió hecha una fiera, y Camilo, que era muy orgulloso para estas cosas, la desdeñó.
-¡Nada, Ramón! -se quejaba el fulano- que no hay nada que hacer...y mira que me gusta tu semental.
-Usted no ha de preocuparse don Fulano, que...esta noche, como me llamo Ramón que el macho cubre, ¡ya lo creo que cubre!
Y le contó al Fulano -que al principio se resistía- como era aquello de la monta a campo suelta. Y Camilo la cubrió ¡ya lo creo que la cubrió!. Cuando la cabrita, aquella noche, comenzó a llamar a Camilo desde los cañaverales, dando lastimeros balidos, Camilo quería hasta romper el corral; le abrimos rapidamente la puerta del patio, y él, sin fijarse en la puerta que le dejamos completamente abierta, salió como un torbellino saltando la murallita del patio, perdiéndose rapidamente en la densa oscuridad del Valle...
* * *
Con la primer claror del día me levanté de la cama y marché con el rebaño a la Charca de "El Quebrao" para tenderle unos lazos a la liebre entre las grietas de su rambla. La Charca de "El Quebrao" tenía el agua espesa y turbia, y echaba un hedor fuerte y agrio como de carne muerta, pero que decían que era buena para el pelo y que curtía las heridas. La tía del Brujón se bañaba con esta agua, y hasta la bebía en la creencia de que le curaría el bocio. De Pueblo Grande venían también gentes a llevársela en cántaros. Pero en nuestra aldea, excepto la gitana, nadie la quería pues contaban los viejos que la Charca de "El Quebrao" chupaba el jugo de todos los animales que morían apresados entre sus quebradizos que, por cierto, no eran pocos.Cuando un animal se perdía entre los cañaverales que poblaban sus orillas y caía en unos de estos pozos, era afortunado si se le podía vislumbrar la cabeza y pegarle un tiro porque si no era así el animal tenía una lenta agonía que podía durar semanas y sus alaridos se oían -sobre todo de noche- por toda la aldea y sus contornos, pues no había manera de sacarlo de su encierro.
Los domingos por la mañana, de muy temprano -con el Sol todavía pegado al Castillo- acudía a la Charca de "El Quebrao", desde Pueblo Grande, Siro "El Legionario", para lavarse las postillas de su cabeza, quemada, y el muñón de su brazo. Había sido viajante de una Fábrica de alpargatas que había por entonces en Pueblo Grande, y durante una de sus correrías como mercader, que lo llevó hasta la costa conoció, en el Puerto de Algeciras, a un brigada del Tercio que después de emborracharlo con ron de caña lo enroló por tres años para ir a pelear contra los moros a Tetuán. En la toma del Monte Gorgues quedó emboscado entre los rifeños junto con un amigo suyo -Salvador Ortiz- hijo de un cantinero de Ceuta. El "Felipe", cañón de dieciseis milimetros dirigido por unos desertores alemanes que se pasaron al bando de los moros, mató a su amigo y a él le arrancó el pellejo de la cabeza y se le llevó un brazo. Estuvo dos meses internado en el Hospital Militar de Ben Karrich, y cuando le dieron el alta embarcó en el "Capitan Parra" con una crucecita de bronce prendida del pecho, y una pensión de cincuenta pesetas por mutilado de guerra.
Siro "El Legionario" fumaba un tabaco fuerte y rancio que lllamaba grifa. Cuando había consumido medio canuto -así decía él- de este tabaco se recostaba contra un árbol y sonreía estupidamente. Si coincidíamos ambos -estando él en tal estado de alucinación- a la vera de la Charca me contaba todas sus aventuras por tierras de Africa. Luego me pedía un poco de leche para refrescarse el fuego que -decía- sentía en la boca, y mientras yo le ordeñaba una cabra él -se ve que se lo recordaba la teta de la cabra- me hablaba una y otra vez, con los ojos vidriosos, de la morita que dejara cerca de Larache y que tenía unas tetitas -lo de tetitas lo decía él- duras y brillantes como dos castañas.
Siro "El Legionario" tenía fama, en la aldea, de hombre duro y de navaja tierna y que, en más de una ocasión, -se decía- había hecho algunos "trabajillos" sucios para la policia. Con la tía del Brujón (durante el tiempo que la gitana habitó nuestro pueblo) se entendía muy bien, y juntos vaciaron más de una y más de dos botellas de aguardiente, hasta que él, el Siro, puso los ojos sobre la hija del sepulturero y la gitana lo sorprendió una tarde mirando a su protegida con ojos alobados y la boca abierta y jadeante; la gitana no se lo pensó dos veces:
-¡Mira Siro! -le dijo con las piernas abiertas y la mirada fria y punzante como un cuchillo- no quiera Dios que tenga yo un mal encuentro contigo, ni que tu y yo tengamos que vernos la color de la sangre; pero...por si acaso, y a partir de hoy, cuando la niña del Cementerio esté bajo mi techo no aparezcas por mi casa, y si por un casual tienes ganas de mujer guapa y no te basta con mis manos te me vas a ver a "La Espartera" de Pueblo Grande y le dices que yo te mando...
Siro, con los ojos en blanco, seguía o intentaba seguir las volutas del humo espeso de la grifa, volutas que se deshilachaban como sin ganas por entre las agujas verdes de los pinos; luego remataba la colilla con el talón y se quedaba extasiado mirando a las nubes que maniobraban sobre el azul intenso del cielo. Contaba, entonces, en voz alta deshilvanadas historias de sus correrías por Tetuan; decía no se qué de los moros bujarrones que gustaban de los culitos blancos de los soldaditos jóvenes cuyos cadáveres los moros profanaban; decía también de los dientes de oro y anillos arrancados con sus dedos sangrantes; decía, por fin, de las moritas jóvenes que amancebó en Zoco Chico...Y cuando llegaba al climax de sus alucinaciones nombraba, -invocandola con sonidos guturales y casi humanos- a su morita de Larache, aquella de los pezones duros y brillantes como castañas.
Una vez que se le habían pasado los efectos de la droga, se levantaba dando tumbos y se sumergía en la laguna hasta la cintura. Con la única mano que aún le quedaba iba sacando puñadas de fango negro desde el fondo de la Charca y se las iba restregando con fuerza por su cabeza despellejada y sanguinolenta, cantando -a la vez y con voz hueca- desentonadas canciones aprendidas, sin duda, en las trincheras de Africa. Si yo entonces me encontraba junto a él, como ocurría muchas veces, sacaba el muñón desnudo por entre los pliegues de su bragueta, y lo movía rítmicamente riéndose, el infeliz, de su propia ocurrencia. Cuando llegó a tener noticias de mis andanzas con la niña Encarna añadía,además, mientras jugaba con el muñón sobre el agua:
-Anda, José, que la niña Encarna ya está "para hombres"; arrímate a su vera que, si ha mojado su padre, bien puede ser que mojes tú. Y habia -¿me entiende usted?- algo de verdad en lo que decía Siro "El Legionario", (aunque la niña Encarna no me dijera nunca nada en todo el tiempo que vivimos juntos ni yo me atreviera a preguntárselo) pues la gitana -que peinaba regularmente a la niña- conocía todos los secretos de la casa del sepulturero, y algunas noches, en que el enterrador volvía borracho a su casa, la tía del Brujón tuvo que dar refugio en la suya a la Encarna que huiría, digo yo, de las malas intenciones de su padre. Yo soportaba estas bromas de "El Legionario" con no poca repugnancia, y a partir de mi primer encuentro clandestino con la niña Encarna evitaba tropezarme en la Charca con él y plantaba mis cepos cuando ya él se había marchado.
* * *
La mañana que quedé citado con la niña Encarna junto a la choza de la gitana, me fui de "El Quebrao" más temprano de lo que acostumbraba a hacerlo otras veces. De camino me crucé con Siro que venía desfilando con su muñón al ritmo de unos silbidos marciales. Al pasar junto a mí me guiñó un ojo señalándome con no poco descaro su abultada entrepierna.
-La niña Encarna necesita un hombre; ¡si señor...un hombre! -decía mientras lanzaba una piedra contra el pellejo seco de alguna de mis cabras -el sepulturero, ¿sabes José?- seguia diciendo, socarrón, a los árboles para que lo escuchara yo -ha marchado a Pueblo Grande y no regresará hasta bien entrada la noche...- y tornaba a sacar su muñón rojo y tirante por entre la bragueta.
-Un hombre...la niña Encarna necesita un hombre...¡Ya lo creo! ¡si señor!...eso es...¡un hombre! -y se perdía por el camino, dando saltos grotescos y repitiendo como una musiquilla de ritmos castrenses su sentencia.
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La niña Encarna cantaba junto a la choza de la gitana; su voz seca y desafinada iba a morir entre los verdes tallos del cañaveral:
Ya vienen los portugueses
Ya vienen pa la vendimia.
Si este año saco novio
San Antonio me bendiga
Ya se van los portugueses;
mi hombre se va también.
Si mi padre bien quisiera
yo marcharía tras él.
Carbonerito de Yeste;
Barquero del río Segura.
De todos los caminitos,
¿Cuál lleva a la Extremadura?
-Hola niña Encarna
-Hola José
La niña Encarna me miraba con mirar de mujer y apretaba en su regazo la cajita de nacar.
-¿Vienes de "El Quebrao"?
-Si, de recoger los cepos, pero no ha caído ninguna liebre; una que cayó anoche se me la llevó la zorra.
-¿Has visto a Siro? ¡Guárdate de él!. La gitana me decía siempre que, Siro, tiene una enfermedad sucia que le pegó una mora en el Puerto de Ceuta; no comas nunca de su plato; y cuando fume delante de tí entierra bien hondo su colilla no sea que se la coma una cabra y se le agrie la leche. ¿Quieres ver la cajita de nacar?
El cuerpo de la niña Encarna transpiraba un sudor tibio y agrio, como de requesón fresco; y este olor me excitaba. Ella iba sacando objetos de su cajita y me los iba mostrando contándome la historia de cada uno de ellos. En el fondo de la cajita había un papel arrugado y amarillento, era -me dijo- la carta que le escribiera la gitana desde Cartagena.
-Niña Encarna que dice Siro que tu ya "estás para hombre"...
-Si, ya sé que lo dice. Unas vez, en casa de la gitana, me ofreció dinero para apañarse conmigo en la cama; pero la gitana lo miró con un ojo bizco por la sangre y él salió corriendo de la casa. Antes de marcharse para Cartagena, le dijo que si se atrevia conmigo mandaría un gitano del Puerto para matarlo.
Y la niña Encarna volvía a entonar el romancillo de los portugueses mientras iba colocando al trasluz sus pequeños tesoros para mostrármelos en toda su plenitud.
-¿Ves esta Virgen de la Antigua? la encontré en un nicho de la parte vieja del Cementerio. Y esta flor la cogí del nicho del Abelardico, el que se quemó de pequeño en un horno; ¿no te acuerdas del Abelardico? ¡Si, hombre, el de la Jesusa!
Yo bien que me acordaba del Abelardico, ¡toma que no...!, y de que se quemó en un horno siendo niño, también... pero yo...-usted me dispense- no tenia más ojos que para mirarla, y los hocicos mojados por el deseo...Esta foto -me seguía diciendo la niña Encarna en la creencia de que yo siquiera oía- me la mandó la gitana desde Cartagena; estos que ves aqui son los reyes ¿sabes? y están subiendo en un barco para pasear por el mar; el mar es de ellos...¡bueno!, eso dicen...
Después recogía sus piernas y miraba sin mirar al horizonte de Valencia.
-Yo me iré también en un barco, algún dia, para América, y me casaré con un rico indiano.
Yo odiaba ya, sin conocerlo, al indiano que estaba destinado -creía yo entonces- a casarse con la niña Encarna; me lo imaginaba -al indiano- como ciertos señores que alguna vez observé en unas revistas ilustradas que la Señorita regaló a mi madre; trajes blancos y sombreros de paja, pero...finos -no sé como decirle- y sonriendo permanentemente; acompañados de señoras elegantes y de niños con calcetines blancos y zapatos de charol negro; niños como los de la ciudad, o como unos sobrinos de don Balbín que venian por el verano al Pueblo acompañados de una criada seria y uniformada de negro que los protegia del sol con una sombrilla de flecos de seda.
-Los indianos...de pequeño...¿son como los sobrinos de don Balbín? preguntaba yo.
-Si, pero sus cuerpos -me decía la niña Encarna que le dijera la gitana- huelen a canela y a chirimoyo; y comen caramelos de vainilla para cuando tienen que besar a alguna señora importante. Y la gitana me decía -seguía diciéndome la niña Encarna- que también se bañan en agua de coco; y que no andan igual que tú o que yo, sino como las propias cigueñas, pues, como ellas, tienen las piernas largas y delicadas. Cuando se hacen mayores fuman cigarrillos perfumados que cuesta cada uno un potosí; y usan bastón de caoba y plata aunque no tengan necesidad de él; y, de noche, van al Casino acompañados de un criado mulato -lindo como angel de iglesia- que va cargado con los duros de su amo para que este los gaste en el juego; y su mujer -si la tienen- va al teatro acompañando a la señora del Gobernador con sus criadas de confianza por si se le antoja pedir algo o mandar recado a algún amigo importante, que todas tienen...
Yo aprisionaba con mis manos sus piernas jóvenes; el olor que exhalaba su cuerpo me penetraba por las narices, y yo sentía ahogarme. Ella, la niña Encarna, sonreía, y al tiempo respiraba fuerte, como se respira al subir un repecho de monte. Cuando la besé, la cajita de nacar que apretaba en su regazo, cayó sobre la hierba esparciendo por el suelo todo el pequeño tesoro que contenía...
* * *
Yo aprendí a leer de corrido y pegando saltitos en los acentos, con el cura de nuestra Parroquia; el buen párroco tenía una pizarra casi despintada en el desván de la sacristía (si tiene tiempo, antes de irse, se lo mostraré, que aún está); y en aquel cuartucho lleno de santos mutilados, vírgenes desnarigadas y sotanas roídas nos enseñaba, a los más pequeños de la aldea, a leer en voz alta algunos pasajes de la Biblia, esperando todos los niños, con ansiedad, que sonasen las campanadas de la Iglesia -que eran las que marcaban el final de la clase- para irnos al Cementerio a levantar los cepos que habíamos colocado de buena mañana.
Una tarde -no recuerdo si de invierno o verano- del año en que yo cumplía los diez años me llamó el cura para que acudiese a su mesa, una vez terminada la clase y me dijo:
-Mira José, tú ya eres de los mayorcitos de mi Catequesis; sabes leer, hacer cuentas y ya tienes -gracias a Dios- hecha la Primera Comunión. Tu padre, ¿sabes? -me dijo el cura- necesita que le eches una mano en la tierra; y con el rebaño de cabras que le ha comprado a El Pajizo va a necesitar también un buen gañán que saque el ganado a los cerros. Aquí ya no pintas nada, todo lo que necesitas para ser un buen hombre ya te lo enseñé; así que he dispuesto que, a partir de mañana, no vengas más a la Escuela Parroquial; claro que si tu padre tiene interés en que asistas a la escuela del Gobierno, (tampoco eres tan torpe que no pudieras ir a ella y hacer incluso un buen papel) yo no dejaré de hablar con don Segundo, el Maestro de Pueblo Grande. Pero mi consejo, José, hijo, es que te arrimes a la tierra. A la sombra de "El Polope" no te ha de faltar el jornal; y si te aplicas y trabajas de firme igual que tu padre, podrás coger su puesto, cerca de los señoritos, cuando él -tu padre- ya no se pueda valer. Los libros, José si no hay una buena bolsa detrás de ellos, es bastante menguado el provecho que se les puede sacar, a no ser que los duros estén suplidos por un talento excepcional y muy fuera de lo común...¡y aún así no sé que te diga!; tú, por fortuna, aunque torpe no eres, ya te lo he dicho, no andas muy sobrado de ninguna de estas cosas; y te digo "por fortuna", porque el aplicarte con afán a un trabajo humilde y sencillo, y ser obedientes con tus amos es el más grande tesoro que yo, hijo, te puedo desear, y que vivas en paz sin molerte las entendederas con vanos pensamientos y falsas utopias de esas que, en los malos tiempos que corremos, soliviantan a los pueblos que son, de suyo, tranquilos y pacíficos. Ya ves tú si tendrá Dios -seguía diciéndome el cura apretando mis manos entre las suyas, grandes- miles...¿qué digo miles? ¡millones...! de fanegas de tierra santa allá en el Cielo para repartir entre todos los buenos jornaleros, para que nos tengamos que engolfar todos aquí abajo por dos palmos de secano...¿Me entiendes José?
Así es que, con estas consejas del cura de mi Pueblo, abandoné la escuela parroquial; y como mi padre -el cura estaba en lo cierto- necesitaba ayuda en el campo, y yo tampoco ardía en deseos de pasarme el día encerrado entre cuatro paredes, pues no fui a la Escuela del Gobierno, ni falta hizo que el Párroco se entrevistara con don Segundo, el mismo pobre don Segundo al que los de un bando de la guerra mataron durante la primavera del 36 porque decían que él, don Segundo, pertenecía al otro, al otro bando. En cuanto a mi formación lo poco más que aprendí luego se lo debo a don Práxedes.
Era don Práxedes un viajante de comercio por cuenta de una Compañía de Cartagena dedicada a la importación de café en crudo y azucar de caña, propiedad -la Compañía- de un rico indiano que regresó de Cuba cuando se firmó la Paz de Zanjón entre Martinez Campos y el Ejercito de Liberación de Cuba. Los dos primeros domingos de cada mes pasaba don Práxedes por nuestra aldea camino del Penal de Chinchilla a donde acudía para visitar a un hermanastro que cumplía condena, reo de un delito de terrorismo cometido bajo la dictadura de Primo de Rivera y que no llegó a consumarse -el atentado- por estar la pólvora en mal estado, lo que le sirvió para librarse del garrote.
Paraba el viajante en la finca de "El Polope" con cuyo dueño apalabraba contratos de intercambio de Azucar y Café por aceite sin refinar, aprovechando además la estancia, don Práxedes, para comprar a mis paisanos todo el azafrán que se cosechaban, azafrán que luego revendía a unos contrabandistas que lo llevaban hasta las playas de Gibraltar. El capataz de "El Polope" lo recogía muy de mañana en Pueblo Grande, a las puertas de la Fonda "La Nacional" donde se alojaba y, montados en mulas, entraban en la aldea por el atajo del Castillo. Durante el trayecto, don Práxedes le regalaba a "El Gancho" un cuarterón de tabaco y dos duros de plata; y éste le informaba puntualmente de la cantidad de azafrán que guardaban los vecinos, y le aconsejaba, además, sobre el precio hasta el que podía pujar sin perder la subasta:
-Señor don Práxedes -así lo llamaba el capataz- hoy puede usted conseguir un buen precio; es mucho el azafrán que guardan los armarios y pocos los reales que se tienen; y, ya sabe usted que el mes que entra, Dios mediante, son las fiestas de la Virgen de la Antigua.
Los niños éramos los primeros en verlos aparecer por detrás del Cementerio; y los corríamos por las calles gritando el apodo con el que mis gentes lo bautizaran:
-¡Ya viene "el Cubano"! ¡ya viene "el Cubano"! ¡al azafrán! ¡al azafrán!.
Corría por el Pueblo una coplilla que las mujeres cantaban cuando despescuezaban las flores del azafrán; y los niños, haciendo piruetas la coreábamos por todos los rincones del pueblo: